La noche que pasé con mi guía en un onsen de Tokio
Llevaba todo el día mirándole las piernas en la furgoneta sin saber que esa misma noche ella me esperaría desnuda en un baño termal.
Llevaba todo el día mirándole las piernas en la furgoneta sin saber que esa misma noche ella me esperaría desnuda en un baño termal.
Cuando me propuso ir al baño juntos, yo llevaba horas esperando que lo dijera. Roma podía esperar. Lo que vino después, no.
Llevaba semanas sin que nadie me tocara. Cuando el chofer me miró por el espejo retrovisor con esa media sonrisa, supe que esa noche no iba a llegar sola a casa.
No me los limpié. Salí del hotel con su leche entre los dedos y recorrí la ciudad entera así, sintiendo que era suya con cada paso.
Hay clientes que pagan por placer y hay clientes que pagan por poder. Aprendí la diferencia demasiado tarde, cuando ya tenía las cicatrices para demostrarlo.
El director me miró de arriba abajo cuando firmé el formulario. Llevaba doce años en esa empresa y sabía exactamente qué tenía que hacer para ganar.
Cuando bajé a la cocina eran las tres de la mañana. Él estaba sentado con una taza en la mano, el torso descubierto, mirándome como si me hubiera estado esperando.
La escena de la serie duró diez segundos. Suficientes para que ella entendiera todo lo que yo llevaba meses sin poder decirle.
Pensaba que me conocía bien. Valentina tardó apenas tres semanas en demostrarme que estaba completamente equivocado —y yo le estaba infinitamente agradecido.
Estoy desnuda sobre las sábanas, sola, con la mano que se me escapa al pezón. Apenas me rozo, dejando que el recuerdo de aquella partida me arrastre otra vez.
Subí las escaleras metálicas con la pollera pegada a la mano y cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas. El que me esperaba arriba no era Raúl.
La primera vez que lo vi supe que era un error. Un error que pasé tres años evitando, hasta la noche que llamó a mi puerta a las dos de la madrugada.
Empezó como una noche de pizza y fernet. Terminó con cada una confesando la fantasía erótica más sucia que jamás dijo en voz alta.
Pon el pie al lado del mío, dijo. Después el brazo. Después la mano. Y entonces entendí que no estábamos comparando nada.
Nadie habló de lo que pasó esa semana. No hacía falta. Las tres sabíamos que algo entre nosotras había cambiado para siempre.
Llevaba semanas sirviendo copas bajo su mirada. Cuando apagó la última luz y le ofreció ayuda para cerrar, supo que esa noche iba a ser diferente.
Empecé a cruzar las piernas en clase solo para ver qué hacía. Tres días después, él tenía mi tanga guardada en su portafolio.
Tenía unos sesenta años y una mirada que no disimulaba nada. Cuando me invitó a su casa, supe exactamente lo que iba a pasar.
Pidió que conserváramos su virginidad. Lo que no dijo es que pensaba entregarme algo más íntimo, y mucho más difícil de olvidar.
Se despertó con la mano de Sofía guiándole hacia su sexo. Para cuando llegaron al café, ya habían agotado la cama y la ducha. Lo que ella propuso después era otra historia.