La travesti que cobra antes de abrir la puerta
Rodrigo le presentó a sus tres amigos. Cada uno traía un sobre y un regalo. Valentina los miró y dijo que ya podían empezar.
Rodrigo le presentó a sus tres amigos. Cada uno traía un sobre y un regalo. Valentina los miró y dijo que ya podían empezar.
Cuando subí a su coche esa mañana no sabía que iba a terminar el día con dos hombres distintos dentro de mí y un secreto imposible de contarle a mi novio.
El lunes solo descubrió que no podía quitarme los ojos de encima. El viernes me dio la llave de la biblioteca y me citó a las seis.
Cuando cerré la puerta y los vi a los dos mirándome en silencio, supe que esa noche iba a cruzar una línea que llevaba semanas deseando.
El maletero abierto, el valle en llamas al fondo y él preguntando si me ponía follar ahí. Esa tarde fue exactamente lo que ninguno de los dos esperaba.
Me puse las medias sobre la piel todavía tibia y salí del hotel tomada de su mano, sabiendo que entre mis dedos guardaba algo que solo nosotros dos sabíamos.
Tenía veintiún años y llevaba meses mirándome de una forma que yo fingía no notar. Esa noche mi hijo se fue a la cama y nos quedamos solos.
Dos mujeres separadas, un departamento demasiado ordenado y un mazo de cartas que nadie tendría que haber encontrado esa noche.
Llevaba catorce años mintiendo con el cuerpo. Aquella tarde en la camilla de Lucía, por primera vez, dejé de fingir.
Llevaba un mes pensando en esa noche, y se lo conté todo a Sandra sin filtros. Ella escuchó en silencio y al final dijo: me da envidia. Así empezó todo.
No supe quiénes eran ni cuántos. No podía verlos ni tocarlos. Solo sentirlos. Y eso era exactamente lo que Rodrigo había planeado desde que se lo conté.
Hacía un mes que no podía sacarme de la cabeza aquel rincón del Industria. Esa madrugada decidí volver, pero esta vez no iría sola.
Sonó el teléfono mientras etiquetaba mercancía nueva. Era ella, otra vez, con la voz baja de quien no quiere que la escuchen del otro lado de la pared.
Subí las escaleras con un seis pelado en la mano y la rabia en la garganta. No sabía que aquella tarde, en su despacho, iba a aprender lo que ningún chico de mi edad me había enseñado.
Cuando me llamó a su escritorio y me pidió que dejara de distraerlo, supe que el viernes mi tanga no iba a volver a casa conmigo.
Desde que me subí al coche, sus ojos volvían al espejo una y otra vez. Era obvio que me miraba. Decidí hacer algo al respecto.
La vio entrar y algo se detuvo en su pecho. No supo explicarlo, pero desde ese instante solo pudo pensar en ella.
Cuando la vi en la puerta, supe que esa cena no iba a terminar como cualquier otra. Vera tenía esa mirada que lo decía todo sin decirlo.
Bajé al aeropuerto con un vestido rojo demasiado ajustado y un secreto entre las piernas. Esa noche el rojo se nos metió en la piel, en la boca, en todo.
Ella llegó sin avisar al inicio del semestre y desde el primer día me miró sin vergüenza. No supe cuándo empecé a necesitar que lo hiciera.