La fantasía de masaje que acepté con una pareja
Ella se quedó mirándome mientras yo deslizaba las manos por el cuerpo de su marido, y entendí que ese masaje no iba a terminar como cualquier otro.
Ella se quedó mirándome mientras yo deslizaba las manos por el cuerpo de su marido, y entendí que ese masaje no iba a terminar como cualquier otro.
Cuando vi las esposas sobre la cama, supe que esa noche no iba a dormir: iba a descubrir cuánto me excitaba perder el control.
Cuando cerró el video y me mostró a la mujer con la que me había engañado, ya estaba demasiado mojada para fingir que quería irme.
Cuando entramos en su casa, mi pareja aún creía que iba a ponerla en su sitio; cinco minutos después, ya no mandaba ninguna de las dos.
Creí que solo iba a espiarlos dormir, pero aquella mujer mandaba tanto sobre él que terminé pegado a la pantalla toda la noche.
Abrí la puerta sin ropa interior, lo dejé mirarme toda la noche y terminé tan mojada que apenas podía disimularlo.
Entré al baño tomada de la mano de mi esposo y salí temblando, empapada y con una imagen en la cabeza que todavía me enciende.
Estaba inmóvil en la cama cuando una falsa enfermera entró de madrugada, cerró la puerta con llave y me dijo que venía a cuidarme a su manera.
Los oí follar en nuestra cama hasta el amanecer, pero lo peor no fue escucharla gemir con él: fue descubrir lo que yo también quería.
Cerré la cortina para probarme un vestido y acabé empapada, de espaldas al espejo, viendo cómo su erección ya no cabía en el pantalón.
Cuando la vi otra vez en el pueblo, su mirada duró un segundo de más y entendí que no había vuelto para saludar.
Entre semana necesitaba otra polla, y aquel sábado convertí una pelea con mi marido en la excusa perfecta para cumplir mi fantasía más sucia.
Le até las muñecas para mandar por primera vez, pero mientras él obedecía yo descubrí que el verdadero control no estaba de mi lado.
Cuando vimos cómo se le marcaba la erección al salir del agua, supe que aquella cala no iba a terminar con una simple cerveza.
Cuando se quitó el bikini delante de desconocidos, supe que no iba a conformarme con mirar el mar.
Cuando volvió a casa con el pelo revuelto y una sonrisa que no era para mí, entendí que el pacto que habíamos firmado en la cocina ya no tenía marcha atrás.
Ella me apretó la mano bajo la mesa cuando él volvió a rozarle el muslo, y supe que esa noche no íbamos a dormir solos.
No alcanzamos a llegar al hotel: en cuanto vimos el callejón vacío, supe que iba a follarme ahí mismo contra la pared.
Salí del baño todavía mojada entre las piernas, y él supo por mi cara que recordar a otros hombres me había puesto a temblar.
Llevábamos años provocándolo desde la arena, pero aquella tarde mi mujer abrió más las piernas y supe que ya no iba a quedarse solo mirando.