La escort madura que estrenó nuestro primer trío
Cuando ella abrió la puerta del departamento y nos miró de arriba abajo, entendí que nuestra fantasía dejaba de ser una charla de sobremesa.
Cuando ella abrió la puerta del departamento y nos miró de arriba abajo, entendí que nuestra fantasía dejaba de ser una charla de sobremesa.
Los gemidos del otro lado de la pared me dejaron empapada, y decidí despertar a mi hombre de la forma más sucia que conozco.
Bajé el mando y contuve la respiración: al otro lado de la pared, sus gemidos empezaban a subir de tono y yo ya tenía la mano dentro del pantalón.
Cuando la playa quedó casi vacía, su mano bajó por mi abdomen y entendí que ese último baño no iba a terminar como un juego inocente.
Me hice la borracha en el asiento trasero, pero cuando ese desconocido me metió la mano bajo la falda, dejé de actuar.
Todo empezó cuando el cabecero de su cama golpeó la mía. A partir de ahí, ya no pude fingir que no la escuchaba, ni que no la deseaba desde hacía meses.
No quería despertarlo de golpe: quería que sintiera mi boca, mis manos y mi hambre antes de abrir los ojos.
Lo invité a nuestra mesa para ayudar a mi esposo, pero cuando cerró la puerta supe que había metido al enemigo en nuestra cama.
Entré solo al sauna y salí temblando, con el sabor de una pareja desconocida todavía pegado a la piel y una confesión imposible de olvidar.
Volví furioso del trabajo, le falté al respeto y vi cómo deslizaba la zapatilla del pie. En ese momento supe que la noche ya no me pertenecía.
Mi marido volvió del bar con una sonrisa rara, un número en el bolsillo y una idea sucia que me dejó empapada antes de tocarme.
Me puse el vestido que él eligió y, cuando sentí las miradas clavadas en mi culo, entendí por qué a mi marido le excitaba exhibirme.
Cuando se levantó la falda en plena carretera y dejó que los camioneros miraran, supe que ese viaje no iba a tener nada de inocente.
Mientras ella lo besaba en nuestra cocina, yo fingía normalidad con la polla dura y la certeza de que aquella noche iba a cambiarlo todo.
Apenas abrí la puerta, la besé con hambre. Ella temblaba, decía que era una locura, pero subió a mi cuarto sin soltarme la mano.
Cuando volví con otra botella, mi esposa ya estaba desnuda en el centro del círculo y todos la miraban como si la noche apenas empezara.
Después de semanas de cruces, miradas y pullas, me empujó al baño del vestuario y me dejó claro cómo pensaba cobrarme aquella multa.
Cerré la puerta del consultorio temblando; cuando me pidió que me quitara la ropa, supe que no había olvidado nada de la otra vez.
La primera noche en el piso nuevo lo até a una silla, me senté sobre su polla encerrada y le ordené que me confesara todo lo que quería que le hiciera.
Cuando vi su mensaje antes de entrar al parking, supe que no iba a volver a casa con las piernas temblando solo por conducir.