Mi novia descubrió que me excita su dominación
Salí de la ducha y ahí estaba ella, mirando entre mis piernas con esa sonrisa que ya conocía. Sabía exactamente dónde apretar para que dejara de discutir y empezara a obedecer.
Salí de la ducha y ahí estaba ella, mirando entre mis piernas con esa sonrisa que ya conocía. Sabía exactamente dónde apretar para que dejara de discutir y empezara a obedecer.
Le dije que eligiera dónde ponerme la crema depilatoria. Jamás pensé que respondería señalando justo el lugar donde más me iba a doler.
Si me corría en el segundo exacto, ella me dejaría hacerlo. Si fallaba, me prometía un castigo que yo llevaba semanas temiendo y deseando a partes iguales.
Llevábamos un mes sin atrevernos a más, hasta que eligió otra película de dominación y me preguntó, con esa sonrisa, si quería hacerlo de verdad.
Dos sillas con un agujero en el medio, una cuerda con un nudo y dos hombres atados sin saber si la próxima ronda les tocaba a ellos. El juego empezaba.
Bastó una frase para que ella se subiera a la cama, apoyara el tacón en su pecho y le dijera que esa noche tendría que ganarse cada caricia.
La primera vez que me obligó a bajar la cabeza mientras me cogía creí que me resistiría. No lo hice. Y descubrí cuánto me gustaba dejar de decidir.
Siempre fui el seguro de los dos. Pero con las esposas frías en mis muñecas y su sonrisa nueva encima de mí, entendí que ya no era yo quien mandaba.
Llevaba un mes atado a su deseo. Esa noche, Selene decidiría cuándo, cómo y cuánto le dolería antes de permitirle por fin soltarlo todo.
La profesora pasó un dedo por su escote y le susurró al oído que abriera las piernas. Nerea obedeció antes de entender que ya no había marcha atrás.
El mensaje llegó justo antes de dormir: una propuesta para el día siguiente al mediodía. No sabía cuántos seríamos ni qué me esperaba, pero ya había dicho que sí.
Entramos buscando un gangbang y solo había dos hombres sentados con la toalla puesta. No imaginaban la suerte que acababan de tener.
Connor no hablaba una palabra de español, así que cuando empecé a desnudar a mi mujer delante de él, no entendió nada hasta que ya era demasiado tarde para irse.
Bajó al escenario solo para bailar. Cuando la correa que sostenía a aquel hombre cayó al suelo, supe que ninguno íbamos a controlar lo que vendría después.
Entró buscando un consolador y terminó arrodillada en una cabina a oscuras, sin saber cuántas manos la tocaban ni cuántas bocas esperaban su turno.
Subimos a la habitación de arriba sin saber que esa noche íbamos a cruzar todos los límites que creíamos tener bien claros.
No abrí los ojos enseguida: dejé que esas dos lenguas siguieran su juego sobre mí, sabiendo que era apenas el principio de un día en el que nadie iba a pedir permiso.
Cuando me quitó la venda de los ojos, no estaba solo en el salón. Seis hombres desnudos me rodeaban y mi novio observaba desde un rincón con una sonrisa.
Cuando los gemidos del cuarto cerrado llegaron hasta el jardín, Andrés supo que tenía que ver con sus propios ojos lo que estaba pasando del otro lado de esa puerta.
Damián se deslizó en la cama equivocada esa madrugada, y supo que ninguna de las dos parejas volvería a mirarse igual después de esa noche.