Dos desconocidas nos invitaron a su cabaña esa noche
Cuando Lucía me preguntó si me gustaban las chicas, supe que la noche en esa cabaña perdida entre los árboles iba a cambiar todo lo que éramos como pareja.
Cuando Lucía me preguntó si me gustaban las chicas, supe que la noche en esa cabaña perdida entre los árboles iba a cambiar todo lo que éramos como pareja.
A las dos horas de mirar el techo, decidí que no iba a seguir esperando. Me arrimé a ella por detrás y empecé donde siempre termina el proceso.
Cuando le dije lo que quería, mi marido no dudó ni un segundo. Esa noche, con dos hombres y cuatro manos, descubrí que no había techo para el placer.
La villa era perfecta para una aventura: cuatro dormitorios, maridos pescando mar adentro y dos hombres que llegaban a las siete. Hasta que a las seis sonó el portón.
Valeria me mandó una foto en lencería antes de que él llegara. Solo quiero avisarte, escribió. Yo me quedé mirando su puerta desde la ventana.
Cuando entró en aquella habitación oscura de la mano de un desconocido, supe que tenía dos opciones: dar media vuelta o seguirla. Tomé la peor de las dos.
Ella abrió la puerta con el bebé en brazos y una sonrisa que decía más de lo que debería. Yo solo iba a tomar un café.
Semanas antes habíamos apostado en una partida de cartas. Quien perdiera tendría que cumplir la fantasía más oscura del otro. Él perdió. Y yo estaba a punto de cobrar.
Llevaba tres años siendo la novia perfecta de Andrés. Esa noche de viernes, con el móvil vibrando en el baño de la discoteca, supo que no iba a serlo por mucho más tiempo.
Él guardaba una confesión que nunca le había contado a nadie. Ella también. Esa noche lluviosa, con el chocolate caliente entre las manos, se lo dijeron todo.
Lucas lo propuso entre copa y copa, como si fuera una broma. Pero nadie se rió. Y ese silencio lo decía todo.
Me cambié en el baño del café y crucé la puerta sabiendo que al otro lado ya no era la esposa de nadie. Era otra cosa.
Ernesto llevaba años sin mirarme así. Entonces llegaron los vecinos de enfrente y en una cena encendieron algo que creíamos dormido para siempre.
Llegué primero a la puerta. Me apoyé en la madera con los ojos cerrados y, cuando lo oí venir por el pasillo, supe que esa noche íbamos a hacerlo en silencio.
Marcos le dijo que sería una noche diferente. Lo que Laura no sabía era que sus amigos iban a apostar fichas para ganar favores con ella.
Cuando mi marido cerró la puerta a las tres y me encontró en la cocina con el té entre los dedos y el encaje negro pegado al cuerpo, supe que no iba a quedarse callado.