Lo que pasó en la cabaña con mi madre y mi abuela
Mi abuela, mi madre y yo creímos que ese viaje a la montaña sería el descanso que necesitábamos. Hasta que la tormenta nos encerró con dos desconocidos.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Mi abuela, mi madre y yo creímos que ese viaje a la montaña sería el descanso que necesitábamos. Hasta que la tormenta nos encerró con dos desconocidos.
Bajó a la cocina con la camiseta oversized y el pelo revuelto del sueño, y desde ese instante el aire entre los dos olía a algo que ya no era familiar.
Cuando perdí la última partida y quedé desnudo frente a ellos, supe que aquella noche no iba a terminar como había empezado. Y ya no quería que terminara.
Bajó a la piscina, se quitó la camiseta y se tumbó frente a mí. Entonces entendí por qué mi tío había insistido en pasar esa semana solo conmigo.
Llevaba meses notando cómo me miraba el escote en cada reunión. Cuando le pedí ayuda con la computadora, supe que esa tarde no se iría intacto.
Cuando vi a mi abuela besándose con ese hombre en el espejo del pasillo, debería haber vuelto a mi habitación. En cambio, me quedé mirando.
Había aprobado selectividad por los pelos y no había tocado nunca a una chica. En cuatro días descubrí por qué dos profesoras guardaban secretos.
A las tres de la mañana, con el humo del porro flotando entre los dos, Romina me dejó caer la frase que iba a desarmar todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Cuando Valeria se calzó las sandalias doradas y me miró de esa manera, supe que ese día no iba a irme solo con un reloj.
Cuando llegó a mi puerta creyendo que vendría a ayudarme, yo ya tenía todo planeado. Tenía veinte años y la ingenuidad de quien no sabe lo que le espera.
Tenía 18 años, era tan tímido que jamás había tocado a una mujer. Lo que empezó como clases de repaso terminó siendo mi verdadera iniciación.
No lo hice por el dinero. Lo hice porque me daba todo igual. Verla feliz con otro en ese bar fue el detonador de una época que no debería haber vivido.
Mi abuela tomó la decisión, como siempre. Yo solo seguí el instinto. Lo que ocurrió en esa cabaña durante la tormenta sigue siendo solo nuestro.
Cuando entré a la cocina esa mañana, ella estaba de espaldas con una camiseta que apenas le cubría los muslos. Tres años cambian mucho a las personas.
Jugamos al póker de prendas con mis vecinos. Nadie dijo a qué más se estaba jugando, pero cuando me quedé sin ropa en el centro del salón, ya no necesitábamos las cartas.
Entré a su cuarto con una bandeja y salí siendo otra persona. Sofía tenía veinte años y ya sabía más de mí de lo que yo misma sabía.
Sus dedos en mis nalgas me despertaron a medianoche. Podría haberla detenido, pero no quise. Lo que pasó esa noche entre nosotras no tiene nombre.
Llegué a su apartamento con ganas de tomar cerveza y matar el tiempo. Me fui con el culo adolorido, la boca con sabor a semen y una sonrisa que no podía disimular.
Viajábamos juntos pero dormíamos separados. Yo era demasiado cobarde para cruzar ese pasillo. Hasta que ella tocó mi puerta.
Lo vi entrar de espaldas y supe que era él antes de que se girara. Diez años después, y todavía sentía ese mismo calor en el estómago.