Aquellos veranos prohibidos que aún recuerdo
Teníamos 19 años cuando Laura decidió enseñarnos a besar. Lo que empezó como un juego inocente nos llevó mucho más lejos de lo que cualquiera imaginaba.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Teníamos 19 años cuando Laura decidió enseñarnos a besar. Lo que empezó como un juego inocente nos llevó mucho más lejos de lo que cualquiera imaginaba.
Tenía diecisiete años y el calor no me dejaba dormir. Entré a su cuarto en busca de agua y encontré algo que jamás olvidaré.
Cuando entró sola al bar, solo quería entender qué sentía. No esperaba encontrarse con su ex profesora de matemáticas mirándola desde la barra.
Aquella noche bajé descalza a darle las buenas noches a mi tío. Toqué la puerta dos veces. Cuando la abrí, lo encontré en una situación que no debía haber visto.
Cuando ese chico de veinte años apareció en el marco de mi puerta por segunda vez, con las manos temblorosas y la voz cortada, supe que la noche cambiaría.
Cuando levantó la vista y me encontró mirándolo en el vestuario, algo cambió entre nosotros. Solo no sabía exactamente qué ni hasta dónde llegaría.
Me había probado la falda de cuadros y la camisa anudada al ombligo cien veces en mi cabeza. Esa tarde, con la casa vacía, por fin lo hice de verdad.
Le dije que sí con el corazón acelerado. Marcos repitió la palabra de seguridad tres veces antes de empezar, y supe que estaba en manos correctas.
Llevábamos meses juntos cuando una noche, fumando en el sofá, me dijo lo que de verdad le ponía. Tres semanas después no fui capaz de decirle que no.
Bajo el agua de la ducha, sus dedos terminaron lo que él había empezado en aquella sala. Y supo que tres días no iban a ser suficientes.
Cuando llegué tarde al vestuario, él ya salía de la ducha. No debí mirar. Pero miré. Y él lo vio. Lo que vino después no estaba en ningún guión.
Rodrigo me dijo que serían seis. Yo me levanté y me fui. Nueve días después le devolví la llamada para decirle que había pensado y que sí.
Cuando salí del pabellón pensé que iba directo a casa. No sabía que él me esperaba apoyado en la valla, con un cigarrillo encendido y otra cosa en mente.
Llevaba años cargando mi mochila en el coche con toda mi lencería dentro, por si acaso. Ese jueves por fin llegó el momento.
Cuando vi su nombre en la pantalla, el estómago se me apretó. Dos semanas recordando su boca y sus manos, y ahí estaba de nuevo, como si nada.
Tres semanas guardando el secreto. Cuando me arrodillé tras la celosía y oí su voz, supe que tenía que contárselo todo, hasta el último detalle del pecado.
Cuando entré a su despacho a reclamar mi nota, él echó el cerrojo con una calma que me dejó sin palabras. Eso debería haberme hecho salir corriendo.
Crucé el bar con las piernas temblando, le tomé la cara y lo besé sin decir nada. Lo que vino después no se cuenta a la luz del día.
Cuando Daniela llevó a su amiga al cuarto del fondo, creyó que la estaba iniciando. No sabía que la inocente ya tenía su propio historial entre esas paredes.
Me pilló mirándole en el vestuario y no dijo nada. Pero al salir me esperó junto a la valla, señalando el bosque con la cabeza: solo un momento.