Mi prima Camila y la película que nunca vimos
Bajó las escaleras con el pelo mojado, una blusa rosa de tirantes y una falda negra a media pierna. Y entendí por qué se había bañado mientras yo elegía la película.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Bajó las escaleras con el pelo mojado, una blusa rosa de tirantes y una falda negra a media pierna. Y entendí por qué se había bañado mientras yo elegía la película.
Cuando se aferró a mí dentro del agua y noté su respiración cambiar, supe que el verano de nuestros dieciocho no terminaría como ningún otro.
No soy de las que se acuestan con desconocidos en el baño de una discoteca. O no lo era. Aquella noche en Barcelona, una falda corta y un error lo cambiaron todo.
Andrés tocó el timbre cuando solo yo estaba en casa. Le ofrecí esperar a mi madre en el sofá; lo que pasó después borró cualquier rastro de inocencia.
Cuando le quité la bata y la vi en ropa interior blanca de encaje, supe que aquella boda no iba a empezar como ella esperaba.
Llevo años pensando en ese momento: Valeria en el salón vacío, su dedo señalando mi entrepierna y esa sonrisa que prometía todo lo que no llegó a pasar.
Solo en casa, con un tanga puesto y los labios pintados de rojo, me miré en el espejo y no sentí vergüenza. Sentí algo mucho más interesante.
Llevaba semanas hablando con Rodrigo antes de atreverme. Cuando por fin entré a su taller y cerró la puerta con llave, supe que no había vuelta atrás.
Era el más callado del aula, usaba lentes y jamás hablaba de otra cosa que no fuera el estudio. Yo llevaba semanas pensando en lo que había visto por accidente.
Siempre supe que quería rendirme por completo ante alguien. Lo que no sabía era que ese alguien sería un desconocido enorme que me había golpeado por error.
Ella le estaba contando su ruptura cuando la pareja de abajo empezó a besarse. Miraron sin querer. Después ya no pudieron dejar de mirar.
Cuando lo vi subirse al autobús aquella mañana, aparté la vista enseguida. Pero esa semana aprendí que hay miradas que no se olvidan.
Camila llegó con un vestido de lino blanco y una sonrisa que yo conocía de memoria. Pero esa tarde había algo distinto en sus ojos, y los dos lo sabíamos.
Necesitaba pañales para mi hija y no tenía ni un peso. Cuando el americano me ofreció dinero, me dije que sería una sola vez. No sabía lo que vendría.
Llevaba meses fantaseando con verla con otro hombre. Cuando le propuse a Valeria el viaje, los tres sabíamos que algo iba a cambiar para siempre.
El uniforme de porrista, cinco jugadores y demasiada cerveza. Esa noche perdí algo que creía importante y descubrí que no lo era tanto.
Cuando Marcos me dijo que quería compartirme con otro hombre, no lo rechacé. Sentía curiosidad, nervios y algo que nunca había sentido: verdaderas ganas.
Llevábamos semanas mirándonos en el pasillo. Ella casada, yo sabiendo que no debía. Pero la noche que quedamos solas cerrando, todo lo que habíamos callado dejó de caber.
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
La conocí en un foro de internet. Cuando me confesó que era virgen a su edad, supe que esa visita iba a ser algo que los dos recordaríamos siempre.