Las fantasías que Clara cumplía cada viernes
Ella se vestía para mí los viernes: nada debajo del vestido, dedos entre las piernas camino al cine, y el capó del carro como cama en la oscuridad.
Ella se vestía para mí los viernes: nada debajo del vestido, dedos entre las piernas camino al cine, y el capó del carro como cama en la oscuridad.
Llevábamos años fantaseando. Cuando llegó el sobre lacrado con la palabra «Quimera», supe que esa noche iba a romperse algo entre nosotros, para siempre.
Sangraba dentro de mis medias rotas, pero seguí caminando hasta su puerta. Necesitaba mirarlo a los ojos y saber si lo que yo sentía era recíproco.
Subir siete pisos a pie con tacones no era ningún chiste. Lo que no sabía es que el portero llevaba semanas mirándome como si yo fuera una promesa por cumplir.
Apoyé el celular sobre la cómoda con la videollamada activa. Mi amante miraba en silencio mientras un desconocido me besaba el cuello. No quería perderse nada.
Cuando la casa quedó vacía por fin, saqué el body rojo, el tequila y el espejo grande. Sabía exactamente cómo iba a pasar esas horas.
A las tres de la madrugada bajé al baño con su olor todavía en la piel, y al volver a la cama vi una rendija de luz en la puerta de enfrente. Nos miraban.
Me pregunto si algo falla en mí. Estoy dentro de ella y mi mente ya se fue: otro hombre, haciéndola gemir de una forma que yo nunca he logrado.
Aquella noche bajé descalza a darle las buenas noches a mi tío. Toqué la puerta dos veces. Cuando la abrí, lo encontré en una situación que no debía haber visto.
Se puso en cuatro patas entre sus macetas, me miró desde el suelo y me dijo: salta la barda. Llevaba una cola esponjosa que se movía con cada respiración.
No tenía sueño. Él llegó por detrás, me besó el cuello y puso las manos donde yo no podía permitirme gemir. La puerta del cuarto seguía cerrada.
El borde de los zapatos me había agujereado las pantimedias y cada paso ardía como una penitencia, pero no me detuve hasta tocar su timbre.
Cuando ese chico de veinte años apareció en el marco de mi puerta por segunda vez, con las manos temblorosas y la voz cortada, supe que la noche cambiaría.
Cuando mi madre me llamó para decirme que estaría sola ese fin de semana, no imaginaba lo que tenía pensado para mí esa noche.
Cuando les dijo lo que estaba dispuesta a hacer, los tres mecánicos se miraron en silencio. Nadie la detuvo cuando se arrodilló en la oficina del fondo.
Llevaba semanas mirándole los brazos. La noche del concierto, entre cervezas y penumbras, decidí acercarme. Lo que pasó después cambió todas las reglas.
Rodrigo llegó con whisky y buenas intenciones. Valeria estaba en leggins y sin brasier. Antes de que terminara el primer tiempo, ya nadie pensaba en el fútbol.
Mi marido me observaba a oscuras detrás del cristal espía. Él esperaba ver a su hermano caer ante mí. Yo iba a confesarle algo mucho peor.
Cuando levantó la vista y me encontró mirándolo en el vestuario, algo cambió entre nosotros. Solo no sabía exactamente qué ni hasta dónde llegaría.
Empujé la puerta sin tocar y la encontré recostada en pantalón corto. Olvidé las notas, olvidé la culpa, olvidé que era mi madre.