Lo que empezó como cuidados terminó en su cama
Cuando la noche cae en esta casa, apago la luz de su habitación, cierro la puerta y dejo de ser solo su madre para convertirme en algo más.
Cuando la noche cae en esta casa, apago la luz de su habitación, cierro la puerta y dejo de ser solo su madre para convertirme en algo más.
Cuando se bajó los tirantes del bañador, supe que la fiesta acababa de empezar. Y que esa botella de vino blanco no la habíamos abierto por casualidad.
Esa tarde de primavera bebimos demasiado ron. No imaginaba que Carla, siempre sumisa, iba a levantarse para llevarme a un árbol cercano y susurrar lo que iba a hacerme.
Cada mañana me despierto con el mismo fuego. No es amor, no exactamente. Es algo más urgente, y ningún alivio dura lo suficiente para apagarlo del todo.
Cuando el guía enmascarado me separó de Mateo en aquella hacienda colonial, supe que la fantasía que habíamos susurrado en la oscuridad estaba a punto de volverse carne.
Llevaba dos horas dando vueltas en la cama. Sabía que él dormía a tres puertas de la mía y que esa noche, por primera vez, no iba a poder fingir.
Llevábamos meses juntos cuando una noche, fumando en el sofá, me dijo lo que de verdad le ponía. Tres semanas después no fui capaz de decirle que no.
Sabía que no era sensato. Rodeé el puente de todos modos, bajé por el paredón y lo encontré durmiendo exactamente donde lo había dejado.
Bajo el agua de la ducha, sus dedos terminaron lo que él había empezado en aquella sala. Y supo que tres días no iban a ser suficientes.
Cuando le entregué la tanga doblada como una nota, supe que no había vuelta atrás. Solo quedaba esperar al viernes y abrir el sobre que me devolvería en clase.
El desconocido del vagón metió la mano bajo su falda sin preguntar. Valeria no se apartó. Solo podía pensar en que ojalá fuera su hijo Marcos el que la tocara así.
Diego me desafió con esa sonrisa suya, seguro de que no iba a cumplir. Pero soy mujer de palabra, aunque me cueste reconocerlo.
Cuando empezó a faltarme el aire, supe que mi cuerpo iba a traicionar todo lo que mis padres me habían enseñado sobre el sexo y los hombres.
Abrí la carta en mi despacho, sola, y supe que algo iba a cambiar antes de terminar de leer. Lo que no esperaba era que el cambio viniera de mi marido.
Abrí los ojos en su habitación sin recordar cómo había llegado. Él estaba en la cocina, medio desnudo y tranquilo, como si todo fuera completamente normal.
Cuando el director del banco me propuso una cena privada en su suite, yo solo pensaba en salvar el apartamento. No imaginaba lo que despertaría en mí esa noche.
Me quité el zapato sin decir nada y empecé a subir lentamente por su pierna. Él intentaba mantener la compostura. Yo sonreía con inocencia frente a su mirada.
Cuando llegué tarde al vestuario, él ya salía de la ducha. No debí mirar. Pero miré. Y él lo vio. Lo que vino después no estaba en ningún guión.
Rodrigo me dijo que serían seis. Yo me levanté y me fui. Nueve días después le devolví la llamada para decirle que había pensado y que sí.
Cada vez que aceptaba una condición, aparecía la siguiente. Al final del día ninguno de los dos sabía bien qué había pasado, pero ambos querían repetirlo.