Lo que pasó entre mi hermana y yo pintando
Nadia llegó esa mañana con una bolsa de refrescos y unos vaqueros cortísimos. Llevábamos años sin estar solas de verdad. No sabía que eso iba a cambiar.
Nadia llegó esa mañana con una bolsa de refrescos y unos vaqueros cortísimos. Llevábamos años sin estar solas de verdad. No sabía que eso iba a cambiar.
Era tarde, estábamos solos en casa, y mamá comenzó a hablar de algo que nunca debió contarnos. Para cuando quise detenerla, ya no quería que parara.
Vivíamos en el mismo apartamento, desnudos, sin poder tocarnos. Él me miraba como si fuera a devorarme. Un mes de abstinencia antes de que se lo ganara.
Salí a correr con los shorts sueltos y sin ropa interior. El rozamiento, el calor de mayo, el sudor. Cuando llegué al claro entre los pinos, ya sabía lo que necesitaba.
Su respiración se fue haciendo más agitada al otro lado de la pared. Intenté ignorarlo. Entonces escuché mi nombre en su boca y todo cambió.
Escuché cómo se masturbaba pensando en mí. Y yo, en lugar de ignorarlo, cerré los ojos y me uní a él desde el otro lado de la pared.
Consuelo nunca iba al cine. Eligió la butaca del fondo y la oscuridad más completa. No sabía que esa película iba a mostrarle lo que llevaba décadas negándose a sentir.
Sabía que meternos juntas al probador no iba a terminar en una simple prueba de ropa. Con Lara nunca terminaba así.
Cuando me abrió la puerta con el pelo todavía mojado, supe que había soñado con ese momento desde la adolescencia, sin atreverme a nombrarlo.
Llevaban toda la vida siendo las mamás responsables. Esa noche, en una casa con olor a sal y a vino, decidieron dejar de serlo.
Llevaba semanas evitándome desde aquella primera vez. Pero esa mañana, al abrir la puerta del baño sin tocar, entendí que ninguno había olvidado nada.
Las cinco y media. El pasillo a oscuras. Fui a llamarla y lo que escuché al otro lado de esa puerta me dejó sin aire durante quince minutos.
Marcos lloraba de rabia en esa cama articulada, convencido de que nunca volvería a sentir a una mujer. Yo cerré la puerta con llave y me quité la ropa.
Me metí desnudo en la piscina de mis suegros a las dos de la madrugada. Diez minutos de silencio y libertad. Luego escuché una puerta abrirse.
Medio borracha junto al arroyo, busqué las toallitas en mi bolsillo y saqué algo que no debería estar ahí. Las malas decisiones siempre se recuerdan mejor.
Bajaba de madrugada al colchón del piso donde dormía él, me cubría con las sábanas y me quedaba ahí hasta que terminaba. Casi nunca nos atrapaban.
Llevábamos días encerrados cuando las conversaciones se volvieron peligrosas. Su confesión en la oscuridad terminó con mis manos sobre él.
La vi al otro lado del cristal, pegada a un desconocido que la besaba en el cuello. Yo debería haber estado furioso, pero solo noté cómo se me aceleraba el pulso.
Esa noche, sola en mi cama, recordé su piel desnuda y el calor de sus pechos hinchados, y supe que algo dentro de mí ya no podría volver atrás jamás.
Cerré la heladera despacio, con una jeringa en la mano. Solo yo sabía lo que estaba a punto de hacer en esa cocina.