Nos amamos por última vez antes del adiós
Esa mañana cruzamos la puerta de la comisaría juntos. Esa noche nos quedamos solos en casa, sin barreras, sin miedo. Y supimos que también era el principio del adiós.
Esa mañana cruzamos la puerta de la comisaría juntos. Esa noche nos quedamos solos en casa, sin barreras, sin miedo. Y supimos que también era el principio del adiós.
Las siete de la mañana, el marido aún dormido, y ya siento ese calor que se instala entre las piernas sin pedir permiso. Otro día igual. O peor.
Cruzar las piernas en el momento justo fue todo lo que necesité para que dejara de fingir que no me miraba. Lo demás fue cuestión de tiempo.
Cuando bajé al arroyo a aliviarme, no pensé que la luna y las luciérnagas serían los únicos testigos. Hasta que al amanecer descubrí que no eran los únicos.
Olía a tabaco y a campo. No era guapo, pero desde que lo vi por primera vez, algo en mí dejó de funcionar con normalidad.
Ella lo miraba como si lo conociera de toda la vida. Él sonreía demasiado. Y yo, frente a los dos, pensaba en lo que había hecho con cada uno por separado.
Bajé a la alberca aquella noche caliente y mis tres hermanas reían dentro del agua. Una de ellas, sin saberlo todavía, iba a cambiarme la vida.
Cuando me arrastró al baño con una mano en mi jersey, dejamos de ser jefa y empleado. Ya no había vuelta atrás.
Cuando volvió la luz, vi lo que mi marido tenía entre las manos y supe que aquella propuesta de intercambio no era espontánea.
Cuando escuché los gemidos mezclados con el sonido del agua, debí haberme dado la vuelta. En cambio, me agaché entre los arbustos y me acerqué.
Llevaba cuatro días bajo el mismo techo de la mujer de mi padre cuando ella dejó la puerta de su habitación entornada y me dijo, sin palabras, que subiera.
Sabía que esa noche iba a ir demasiado lejos. Lo sentí desde el principio, y aun así no pude parar hasta ver hasta dónde llegaba mi propio cuerpo.
Cuando mi compañera de piso me dijo «llévame contigo», supe que esa noche iba a perder algo más que la timidez. Lo que no imaginé fue que él aparecería.
Encendí la vela, susurré sus palabras y al despertar no estaba en mi habitación. Estaba de pie, con tacones, y un peso suave y cálido subiendo y bajando en mi pecho.
Cuatro hombres poderosos muertos de la misma manera. Todos desnudos, exhaustos. Alguien los elegía, los seducía y los llevaba al límite exacto antes del final.
Llevaba un mes soñando con volver a encontrarlo cuando mi compañera de piso me confesó que me tenía envidia. Esa misma noche la llevé conmigo a la rave.
Me miré al espejo y la cara que vi no era la mía. Era la suya. Y dentro de ese cuerpo ajeno, algo empezó a despertar que no debería haber despertado.
Me puse el vestido negro sin sujetador porque nadie me iba a ver. Error. Tres chicos de veinte años me miraron como si fuera lo único que existía en el mundo.
Cuando abrió la caja equivocada, supo que era un error. Pero cuando ella entró al consultorio, pequeña y asustada, la muñeca y la mujer se volvieron lo mismo.
Detrás de aquellas cajas pensé que nadie podría verme. La cámara roja del techo y los pasos en la puerta me decían otra cosa.