El interrogatorio que terminó al revés
Desperté maniatado en una sala con argollas en las paredes y dos mujeres dispuestas a hacerme hablar. Cometieron un error: me dejaron solo con sus propios instrumentos.
Desperté maniatado en una sala con argollas en las paredes y dos mujeres dispuestas a hacerme hablar. Cometieron un error: me dejaron solo con sus propios instrumentos.
Mis amigos no entendían por qué pasaba tres meses en un pueblo sin vida. Nunca les dije la verdad: que mi abuelo me esperaba con algo más que la cena.
Cuando vi su nombre en la pantalla supe lo que venía. El marido doblaría turno, las niñas estarían con su amiga, y ella estaría disponible todo el día.
Sabía que Carmen estaría sola tres días. Solo tenía que convencer a Silvia de hacer ese viaje sin mí.
Cerré las cortinas, apagué la luz y supe que esa noche nadie iba a frenarme. Iba a llevar mi cuerpo hasta donde nunca antes me había animado a llegar.
Cuando Claudia se dormía en el sofá, su padre y yo nos quedábamos solos junto a la piscina. Él sabía que yo lo buscaba. Y yo sabía que no iba a resistirse.
Lo que ese todoterreno guardaba después de aquel viaje no se podía contar en una factura de tapicería. Pero alguien tendría que pagarla, y no iba a ser él.
Cuando me susurró en la cama lo que quería para su cumpleaños, supe que esa noche todo cambiaría. El casino privado fue solo el principio.
Esa mañana en la cocina, las manos de Mateo recorrieron mi cuerpo con una destreza que me hizo perder toda voluntad. Después, solo quedó la culpa y un deseo imposible de apagar.
Cerré los ojos bajo el antifaz y la voz de mi padre construyó cada detalle. Ya no estaba en mi cuarto: estaba con Rodrigo, y él hacía exactamente lo que yo había soñado.
Bajé al bar del hotel a la una de la mañana. Cuando volví a mi cuarto, sin ropa interior y con la marca de su mano en el glúteo, supe que ese vuelo lo recordaría.
Crucé las piernas para distraerlo sin saber que dos días después iba a estar de rodillas entre sus libros, mientras los demás chicos salían del instituto sin sospechar una sola cosa.
Sabía que estaba mal, pero cada mensaje suyo me dejaba más mojada. El sábado que mis padres salieron, le abrí la puerta sin sostén.
Cuando entré aquella tarde a la sala vacía del club, ya sabía que no íbamos a hablar de libros. Lo que no sabía era cuánto tiempo llevaba esperando esto, ni cuánto me iba a perder.
La vela se apagó y en la oscuridad una mano subió por mi muslo. Tardé demasiado en darme cuenta de que esa mano no era la de Marco.
Desperté atado en un sótano, desnudo y a merced de la mujer a la que investigaba. No sabía que en pocas horas sería yo quien sostendría el látigo.
El piso lo compartían bien. Pero cuando Camila propuso compartir también a su novio, ninguna calculó hacia dónde las llevaría el experimento.
Cuando la destinaron a mi camarote, pensé que sería incómodo. No imaginé que acabaría contando las horas para que volviera a la litera de al lado.
Cuando Marco le dijo que tenía una sorpresa, Carmela eligió su vestido verde. No esperaba encontrarse con los ojos oscuros de Diego clavados en ella.
Cuando entré al salón, ella estaba sentada en el sofá con esa sonrisa que ya no engañaba a nadie. Y arriba, en la escalera, alguien escuchaba en silencio.