Aquella noche en el hotel con su mejor amigo
Cuando vi a Mateo esperándonos en la puerta de la habitación 412, entendí que mi marido no había estado alardeando: aquello iba a pasar de verdad.
Cuando vi a Mateo esperándonos en la puerta de la habitación 412, entendí que mi marido no había estado alardeando: aquello iba a pasar de verdad.
Cuando salí del agua, mi mochila había desaparecido. Mi ropa también. Y entre los helechos, dos ojos oscuros que yo aún no había visto.
Me pidió que la acompañara porque los bares estaban llenos. Bromeé con que me pondría cachondo viéndola, y ella sonrió como si llevara horas esperando que lo dijera.
Llevábamos apenas dos cervezas cuando Valeria se quitó las sandalias y me dijo que había que ponerle remedio a que hacía años que no pisaba la arena. Esa noche aprendí muchas cosas.
Tres meses después de dejarlo, la vi besándose con otro en aquel bar. Esa misma noche entré en uno de ambiente y empecé a hundirme sin saber hasta dónde llegaría.
Vino dos horas antes de su vuelo, dejó la maleta en el pasillo y, antes de que pudiera reaccionar, se quitó la sudadera frente a mí.
Aquella tarde entró en el bar como si llevara horas esperándome. Lo que vino después fue lo que me cambió, no el sexo: lo que me hicieron descubrir.
Andrés se despertó desnudo en la cama de su mayor rival. Sin recuerdos de la noche anterior, solo quería irse. Pero algo no dejaba de retenerlo.
Llevaba semanas sintiendo cómo se demoraba en abrazarme y cómo me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta. Esa madrugada decidí dejar de fingir.
Le había comprado un perfume y un colgante para despedirla. Ella me trajo otra cosa. Yo tenía 18 años y no había tocado a nadie en la vida.
Me levanté a las tres de la mañana por unos gemidos que no podía ignorar. La puerta de mi madre estaba entornada y yo me quedé clavado en el pasillo.
Cuando Aiko entró al agua del onsen sin ropa y sin apuro, supe que ese viaje de trabajo iba a terminar de una forma que no figuraba en ningún contrato.
Llegó a ayudarme con el televisor nuevo, con sus brazos marcados y esa mirada que evitaba la mía. Tenía veinte años y yo ya sabía lo que iba a pasar.
Llegué a la despedida con tacos rojos y el corazón roto. Lo que no imaginé es que iba a terminar arrodillada frente a un desconocido, sin querer que parara nunca.
Lo esperaba en la terminal con el vestido rojo que él odiaba que llevara sin sostén. Tenía la regla y un deseo que no se calmaba con nada que no fuera él.
Cuando don Alberto me miró de esa forma por primera vez, supe que algo en mí no era lo que los demás creían. Esa tarde lo confirmó.
Cuando entré en su cuarto y lo vi, con mi ropa entre sus manos y mi nombre en sus labios, supe que lo que vendría no tenía vuelta atrás.
Crucé el pasillo descalza a las tres de la mañana, sabiendo que su puerta estaba entreabierta a propósito. Lo que pasó después no podemos volver a nombrarlo nunca.
Eva me citó dos horas antes de coger su vuelo a Boston. Cuando llegó a casa traía un perfume nuevo y una idea muy clara de cómo despedirse.
La apuesta parecía una broma hasta que Tomás se levantó a demostrarlo. A partir de ahí, la tarde en el piso tomó un rumbo que ninguno esperaba.