Lo que aprendí entre desconocidos en un mundo virtual
Solo quería algo temporal mientras terminaba la secundaria. No esperé que esas voces nocturnas dentro de un mundo virtual me enseñaran tanto sobre el deseo.
Solo quería algo temporal mientras terminaba la secundaria. No esperé que esas voces nocturnas dentro de un mundo virtual me enseñaran tanto sobre el deseo.
La lluvia golpeaba el ventanal del departamento cuando Adrián me dijo que esta vez le tocaba a él empezar. Yo no sabía que su confesión me dejaría sin aliento durante días.
Tenía diecinueve años, mi padre se ausentaba semanas enteras y yo creía conocer a mi madre. Hasta que el cesto de la ropa sucia me obligó a mirarla distinto.
Llevaba meses convencida de que nadie sospechaba nada hasta que esa madrugada, con la boca llena, escuché su voz a un metro de distancia y se me heló la sangre.
Llegamos al hotel como cualquier matrimonio en luna de miel. Nadie en la recepción sospecha que la mujer que firma como su esposa es, en realidad, su hermana menor.
Llevaba mi silla plegable y un calor entre las piernas que no era solo del agosto manchego. Lo que pasó después aún me hace temblar veintitantos años más tarde.
La primera fue mi profesora de física. La segunda, la de francés. Las dos me citaron a solas en sus últimos días en Valencia y entendí que las despedidas pueden ser muy distintas.
Después de dos botellas de vino, me pidió mi primera vez con detalle. Lo que empezó como una charla terminó conmigo arrodillada y él suplicando que no parara.
Subió primero por la escalera de la azotea sabiendo que yo iba detrás mirándole las piernas. Para cuando llegamos al tendedero, los dos sabíamos qué iba a pasar.
A las once apagamos la película. A las doce me acurruqué en su pecho. A la una me besó como nunca debió hacerlo. Y yo, virgen, supe que era suya.
Cuando dejó caer el pulóver al suelo y se descalzó frente a mí, entendí que aquella tarde no iba a salir de la casa de mi suegro siendo el mismo hombre.
Bastó que me viera entrenar dos días seguidos para que se acercara. Lo demás lo decidió mi cuerpo: tenía que comprobar si los rumores eran ciertos.
Cuando los vi acercarse en la barra del bar, supe que la noche no iba a terminar como ellos imaginaban. Yo los había tocado a los dos antes que ellos se rozaran.
Cumplió dieciocho y lo primero que hizo fue buscar a la mujer que su padre le había arrancado. No imaginaba que aquella tarde, en un café, ella vendría con un plan distinto.
Llegó del trabajo cansado, y cuando vio las dos rayas en mi mano, no me dejó terminar la frase. Su boca estaba sobre la mía antes de que yo pudiera reaccionar.
Bajó las escaleras con el pelo mojado, una blusa rosa de tirantes y una falda negra a media pierna. Y entendí por qué se había bañado mientras yo elegía la película.
Tenía diecinueve años cuando su mano se coló bajo la manta. La cuenta quedó abierta cinco años, hasta el verano en que su novia se fue del puerto.
Esa noche en la feria del barrio descubrí algo que no debía sentir por la hermana pequeña de mi novia, y la imagen de su sonrisa bajo las luces no me dejó dormir nunca más igual.
Cuando aparcamos la moto bajo los álamos y dejamos atrás la ermita, supe que aquella tarde con mi primo iba a ir mucho más allá del paseo.
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.