La noche que descubrí el placer de mirar
Lucía y Marcos empezaron a hacerlo delante de nosotros como si fuera lo más natural del mundo. Y yo no pude ni moverme.
Lucía y Marcos empezaron a hacerlo delante de nosotros como si fuera lo más natural del mundo. Y yo no pude ni moverme.
Nos habíamos quedado solos en casa. Él me abrazó por detrás y me preguntó si quería probar algo nuevo. Yo no sabía lo que significaba, pero dije que sí.
Me llamó después de semanas de silencio para preguntarme si estaba solo. Media hora después estaba en mi puerta con un vestido floreado y algo que darme.
Llevaba años mirándola en silencio, diciéndome que era solo una obsesión que pasaría. Esa mañana, con lo que había grabado en la mano, supe que todo iba a cambiar.
Nunca había pensado en eso hasta que mis nuevas amigas lo mencionaron. Aquella noche, sola en mi cuarto, la curiosidad fue más fuerte que el miedo.
Chupé muchas vergas antes de atreverme. Pero siempre llegaba un momento en que me detenía. Esa noche, un desconocido me convenció de cruzar ese límite.
La primera vez que me puse un par de tacones ajenos supe que esa imagen en el espejo era la versión más honesta de mí misma. Tardé años en aceptarlo.
Quedamos solos en el gimnasio, él me dijo algo sobre mi cuerpo y todo cambió. Esa tarde en el vestuario fue exactamente lo que siempre quise que pasara.
Las chicas del equipo se habían ido a conocer la ciudad. Yo estaba sola en la habitación cuando llamaron a la puerta. Era él, con esa sonrisa que me ponía nerviosa desde el primer miércoles.
Era la una de la mañana y tú tenías la mano en mi muslo como si el taxista no existiera. Lo que vino después todavía me quita el sueño.
Cuando se acercó a la piscina esa tarde y me preguntó si alguna vez había estado con una mujer, supe que ese verano iba a ser diferente.
Eran primos, se veían poco, y esa noche estaban solos en el salón mientras todos dormían. No debía pasar nada. Casi no pasó.
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Llevaba dos horas en su salón respondiendo preguntas como si fuera una entrevista de trabajo. En cierta forma, lo era.
Me pasó una piedra por la espalda, murmuró algo que no entendí, y de repente solo quería una cosa: que ese hombre me tomara. No sé si fue brujería. Sé que no me resistí.
La casa estaba vacía y yo tenía todo el tiempo del mundo. Nunca imaginé que buscar un cargador me llevaría a descubrir la vida secreta de mi padre y mi madrastra.
Llevábamos semanas escuchándonos a través de las paredes. Esa noche ella apareció en el salón con un camisón blanco y una sonrisa que no tenía nada de inocente.
Lo cité frente a la clínica como si fuera a una charla tranquila. No le dije que no iría sola ni que desde el segundo piso se veía perfectamente la acera.
Sabía lo que quería darle para su cumpleaños. No era un objeto ni una sorpresa del todo: era algo que los dos queríamos y ninguno se había atrevido a pedir.
Cuando la tormenta apagó las luces y los truenos sacudían las paredes, ella se acurrucó contra mí. Llevaba años sin sentir el calor de nadie. Eso lo cambió todo.