Lo que mi marido quiere oír cuando lo masturbo
Cada vez que lo tengo entre mis manos, me pide la misma historia: la del hombre que vino antes que él. Le doy detalles porque sé que lo enciende.
Cada vez que lo tengo entre mis manos, me pide la misma historia: la del hombre que vino antes que él. Le doy detalles porque sé que lo enciende.
Después de un par de copas, me pidió detalles de mi primera vez. No imaginé que escuchar a otro hombre dentro de mí lo pondría más duro que cualquier caricia.
Bebí mi café fingiendo concentrarme en el celular, pero los miraba a los dos. Si supieran que conocía cada centímetro de sus cuerpos por separado, ya nos habríamos ido los tres juntos.
Tenía treinta y dos años y todavía no me había permitido pensar en otra mujer sin sentir vergüenza. Esa noche apagué la luz, respiré hondo y dejé de huir.
Llevo dos semanas sin verlo y mi cuerpo no entiende de calendarios. Esta noche, sola en la cama, abrí el cajón y me dejé caer en la fantasía que solo me visita en la oscuridad.
El director me miró sin pudor: «Quítate el vestido, quiero verte en lencería». Dudé un segundo, pero la beca se acababa y necesitaba el dinero.
Llevaba dos años esperando una llamada suya. Cuando por fin la recibí, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera, por absurda o degradante que fuera.
Esa noche en la casa de playa fui la fantasía cumplida de mi ex. Lo que no esperábamos era que su amigo me hiciera pedir las dos al mismo tiempo.
Buscaba algo temporal mientras estudiaba. Pero esa noche, cuando él dejó el avatar y me llamó con la cámara encendida, supe que ya no podría volver atrás.
A los veintidós todavía me daba vergüenza mirar a los chicos a los ojos. Esa madrugada en Sevilla, encerrada en un baño con un desconocido, descubrí que de vergüenza ya no me quedaba nada.
Tenía catorce años y todavía era virgen cuando bajé descalzo por el pasillo. La puerta del cuarto de mis padres no estaba bien cerrada y por la rendija salía la luz.
Crucé la puerta solo con una capa de terciopelo rojo y nada debajo. La regla era clara: nadie sabía quién era nadie, y eso lo cambió todo esa noche.
Lo dejé sobre la mesa, junto a las llaves, y me senté en el sofá del salón a esperar. Quería ver cuánto tardaba en darse cuenta de que su vida se acababa de partir en dos.
Cuando apartó las ramas del sauce y me empujó contra el tronco, supe que ya no íbamos a volver al café por las cosas que habíamos olvidado.
Me despertaron a las tres de la mañana. Sentí el perfume de mi mujer, luego el de Rebeca. Y entonces unos dedos que no reconocí empezaron a moverse bajo las sábanas.
Marcos era el único hombre en el pueblo que no había cerrado los ojos. Perforó la madera con un clavo y puso el ojo. Lo que vio no lo abandonó jamás.
Me arreglé para el jaripeo no por la fiesta, sino por aquel jinete moreno de mirada penetrante que olía a tabaco y a campo y me había dicho que su montada me la dedicaba a mí.
Hacía años que no recurría a esos videoclips, pero un domingo bastó con escuchar el primer gemido grabado para que mi mano regresara al sitio exacto donde la había dejado a los catorce.
Le había pedido el vestido azul y nada debajo. Cuando subió al coche y cruzó las piernas, supe que esa noche iba a obedecer todo lo que se me ocurriera.
Bastaba un agujero del tamaño de un guisante para verla pasar desnuda sobre el caballo blanco. Roderic abrió ese agujero, y desde entonces no pudo cerrar los ojos en paz.