El reencuentro que no esperaba tras meses de soledad
Despues de meses separados, una noche basto para recordar por que nunca habia dejado de desearlo.
Despues de meses separados, una noche basto para recordar por que nunca habia dejado de desearlo.
Sé que estoy soñando, pero el calor de sus manos en mi piel es demasiado real para ignorarlo. Y no quiero despertar todavía.
Su mensaje apareció después de meses de silencio. Tres palabras bastaron para que todo lo que había fantaseado volviera de golpe.
Cuando abrí la puerta y lo vi parado ahí, no pensé en nada malo. Pero su manera de mirarme las piernas me hizo quedarme exactamente donde estaba.
Me prometí esperar. Que cuanto más me lo negara, más intenso sería. Pero el cuerpo tiene sus propias razones y esa noche no estaba dispuesto a ceder.
Esa noche en la casa alquilada de Búzios, con tres tipos y una botella de vodka a medias, Camila decidió que la vergüenza podía esperar hasta mañana.
Cuando le confesé en el balcón lo que aquel desconocido me había hecho un mes antes, no esperaba que me pidiera acompañarme la siguiente vez.
Mis tres hijos me miraban con la respiración agitada. Querían saber cómo fue mi primera vez. No imaginaban lo que estaban a punto de escuchar.
Esa tarde fui al taller del mecánico con un sobre de plata y una pollera al ras. Entré como una nena. Salí caminando distinta.
Quince años de confianza construida poco a poco. Y una noche de verano en la piscina para descubrir que ya no podíamos llamar a eso solo amistad.
Tenía dieciocho años y mi cuerpo pedía más de lo que podía dar. Esa noche entré al salón en camisón y le dije a mi padre exactamente lo que necesitaba.
Él jugaba con el micrófono abierto y yo no pude resistirme. Me acerqué desnuda por detrás, dispuesta a descubrir cuánto podía aguantar sin gemir.
El sonido rítmico que venía de su cuarto me clavó al pasillo. Empujé la puerta dos centímetros y vi algo que ningún hermano debería ver, pero ya no podía dejar de mirar.
Sabía que Carmen estaría sola tres días. Solo tenía que convencer a Silvia de hacer ese viaje sin mí.
Llevábamos dos años sentados uno frente al otro sin saber que los dos guardábamos el mismo secreto: una vida paralela llena de deseos que nadie habría imaginado.
Me preguntó cómo habían sido los otros hombres. Lo que no esperaba era que cada respuesta mía lo pusiera más cerca del límite, y a mí también.
Acostada y sola en la cama, repaso aquella tarde en que me arrodillé detrás de su silla mientras él jugaba con el micrófono abierto y sus amigos.
Estábamos en su cuarto con vino cuando soltó la carcajada. «Nunca te conté todo lo de Búzios.» Supe que lo que venía iba a sacudirme.
Tenías el micrófono abierto y tus amigos al otro lado. Yo me arrodillé igual. No podías hacer nada más que aguantar en silencio.
Tenía quince años cuando abrí el cajón de mamá. Lo que encontré dentro no era solo lencería: era la primera pista de quién era en realidad.