Marcos era casado y aun así me llamó su novia
Cuando entré al «Esencia» del brazo de Sofía, no imaginaba que esa noche conocería al hombre que cambiaría para siempre mi idea del amor clandestino.
Cuando entré al «Esencia» del brazo de Sofía, no imaginaba que esa noche conocería al hombre que cambiaría para siempre mi idea del amor clandestino.
Andrés sabía exactamente lo que hacía con sus manos. Yo llegué con dolor de espalda y salí con algo que no tenía nombre, algo que todavía pienso cuando me duermo.
Sandra se quitó la tanga en el baño del bar y me la puso en la mano. Húmeda, caliente. Supe entonces que no habría vuelta atrás.
Llevaba meses aparcando en el fondo, lejos de las cámaras, diciéndose que era solo por comodidad. Su cuerpo sabía la verdad antes que ella.
Fui a devolverle los quinientos pesos que metió en mi carpeta. No esperaba encontrarla llorando, ni quedarme hasta las seis de la mañana.
Cuando la fiesta terminó, lo tomé de la mano y lo llevé hacia las sombras. Esa noche era mía, y él lo supo desde el primer segundo.
Llevaba tiempo queriendo hacerlo: elegir a un hombre en algún lugar público y llevármelo a la cama. Esa tarde en el café, por fin me animé.
Cuando pulsé su timbre con el perro a mi lado, no imaginé que esa extraña de mirada esquiva me haría subir hasta su habitación esa misma tarde.
Carmen me miró desde el otro lado de la cocina y, sin decir nada, cerró la distancia entre nosotros. Su hija estaba a cinco metros. Eso solo lo hacía más difícil de resistir.
La noche que vi salir a esa chica del cuarto de la hermana Graciela, debí haber seguido caminando. En cambio, me quedé. Y eso lo cambió todo.
A mis cuarenta y un años, con marido e hijos, descubrí la adrenalina que un matrimonio nunca te da. Lo comprobé desnuda bajo la ducha, con mi amante, cuando escuché abrirse la puerta.
Sus gemidos atravesaban las paredes cada noche. Mi mujer y yo escuchábamos en silencio, sabiendo que algo había cambiado desde que Vera llegó.
La vi aparecer al fondo de la calle y ya supe que esa noche no sería como las otras. Ella no había venido a charlar.
Cuando me dijo que la atraía, no me lo creí. Luego llegó el mensaje con el nombre del hotel y la hora exacta. Supe que todo era real.
Ella abrió la puerta con un vestido que no dejaba nada a la imaginación. Supe que esa cena no iba a ser como las otras, pero no imaginé hasta dónde llegaríamos.
Tenía carpetas organizadas y material variado, pero esa noche puse play en un videoclip que no había visto en años y todo lo demás dejó de importar.
Limpiaba los despachos del pasillo cuando la encontré sola, con el escote abierto y el cuello tenso. Le ofrecí un masaje. Ninguna de las dos pensaba que llegaríamos tan lejos.
Lo esperé con un whisky y muy poca ropa. Él no sabía que esa noche era apenas el inicio de un plan que llevaba semanas armando en silencio.
Cuando ayudamos a Rodrigo a acostarse y Andrés se quedó detrás de mí, supe que aquella noche no iba a terminar como debía.
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.