Amanecer con el amigo joven de mis hijos
Me desperté con el cuerpo todavía encendido y él ya tenía las manos en mi cintura. Esa mañana no iba a terminar pronto.
Me desperté con el cuerpo todavía encendido y él ya tenía las manos en mi cintura. Esa mañana no iba a terminar pronto.
Valeria tardó diez minutos en agarrar el valor para bajar del auto. Cuando se paró bajo la farola, yo miraba desde el retrovisor sin poder respirar.
Carlos me miraba desde la otra mesa con esa sonrisa de hombre que cree saber lo que quiere. No tenía idea de lo que estaba por descubrir.
Nunca había estado con una mujer. Cuando abrí la puerta y la vi ahí parada, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Nunca pensé que depilarme iba a cambiar algo. Pero cuando él me pasó la cera por los glúteos y me pidió que me pusiera en cuatro, algo en mí se encendió.
Daniela eligió la falda más corta que tiene y entró al estudio como si fuera la dueña del lugar. Cuando salí, ellos no esperaron ni dos minutos para empezar.
Me tendió la mano para saludarme y el corazón me dio un vuelco. Meses de charlas, de risas, de tensión acumulada. Solo faltaba saber qué haríamos con todo eso.
Se presentó con tacones rojos, mallas de cuero y sin ropa interior. Desde el primer momento supe que esa mañana con mi suegra iba a ser diferente.
Sus dedos subieron despacio por mis muslos. Supe entonces que ese masaje iba a ser algo completamente diferente a lo que había pedido.
Llevaba semanas masturbándome a escondidas con videos de hombres bien dotados. Entonces lo vi salir del agua y lo supe: ese muchacho era lo que me faltaba.
Lorenzo no sabía lo que quería hasta que me conoció. Yo sí lo sabía desde el primer día que lo vi en la empresa.
Veinte años, virgen, y paralizada en el pasillo cuando lo vi por la rendija. Lo que pasó esa noche no fue lo que esperaba, pero fue exactamente lo que necesitaba.
Llevábamos minutos caminando cuando empecé a reconocer las calles. Cuando él abrió esa puerta, supe que ya había estado allí, aunque nunca imaginé en qué circunstancias.
Cuando el extraño del asiento de al lado empezó a mirar sus piernas, ella no cerró las rodillas. Yo tampoco hice nada para detenerlo.
Santiago entró al aula ese lunes con esa camisa ajustada y una voz grave que me puso la piel de gallina desde la primera palabra que pronunció.
Salir con tanga y corpiño bajo las calzas era mi ritual secreto. No esperaba que alguien se animara a seguirme. Ni que yo quisiera tanto que lo hiciera.
Bajé hacia ella y lo sentí de inmediato: ese sabor que no era suyo. Supe en ese instante lo que había pasado, pero no dije nada. Seguí.
Natalia tenía las piernas abiertas en la camilla y el doctor fingía aplicarle crema. Yo miraba desde el rincón, inmóvil, sin querer que parara.
Quedé con él en una plaza que no conocía, en una ciudad que no era la mía. Me invitó a su departamento y perdimos la noción del tiempo.
Salí por la puerta principal. Volví por el garaje. Me quedé quieto en el pasillo oscuro mientras mi mujer hacía lo que siempre había fantaseado con dos desconocidos.