El mensaje de mi mujer que lo cambió todo
Salí por la puerta principal. Volví por el garaje. Me quedé quieto en el pasillo oscuro mientras mi mujer hacía lo que siempre había fantaseado con dos desconocidos.
Salí por la puerta principal. Volví por el garaje. Me quedé quieto en el pasillo oscuro mientras mi mujer hacía lo que siempre había fantaseado con dos desconocidos.
Lucía y Marcos empezaron a hacerlo delante de nosotros como si fuera lo más natural del mundo. Y yo no pude ni moverme.
Vivía en el campo y podía vestir ropa de mujer todo el día sin que nadie me molestara. Hasta que un desconocido escribió diciendo que le gustaban mis fotos.
Pedaleé hacia el río con la sangre ya caliente, sabiendo lo que iba a hacer cuando nadie pudiera verme. Esa tarde, por fin, la fantasía sería real.
Llevaba semanas mirándolo cruzar el pasillo. Esa tarde me llamó a su despacho, y algo dentro de mí supo que algo iba a cambiar.
Busqué los prismáticos casi sin pensarlo. Cuando los enfoqué, ella ya me miraba desde su ventana. Y en lugar de cerrar la cortina, la descorrió del todo.
Nos habíamos quedado solos en casa. Él me abrazó por detrás y me preguntó si quería probar algo nuevo. Yo no sabía lo que significaba, pero dije que sí.
Cuatro semanas de silencio, una invitación casual y una sola frase antes de subir al cuarto: los esperaba a los dos. Lo que vino después nadie olvidará.
Cuando salí de la ducha, ella estaba ahí con lencería negra y esa sonrisa que hacía años no veía. Esa noche tenía un plan para mí que yo nunca hubiera imaginado pedir.
El chico llegó con su camilla bajo el brazo y ella ya tenía dos copas de vino encima. Lo que siguió fue mucho más que un masaje de espalda.
Sandra necesitaba ayuda con una persiana. Yo necesitaba olvidar el peor día de mi vida. Ninguno esperaba que Valentina llegara tan pronto.
Valeria cumplía 26 años cuando nos fuimos de vacaciones juntos. Yo llevaba días sin poder dejar de mirarla, y ninguno de los dos sabía lo que iba a pasar.
Caminé hacia casa con la certeza de que otro hombre estaba con mi mujer en ese momento. Y lo único que sentía era ganas de que volviera.
Había aguantado meses sus juegos, pero esa noche se acabaron las bromas. Lo que vino después no tenía nombre para ninguno de los dos.
Me llamó después de semanas de silencio para preguntarme si estaba solo. Media hora después estaba en mi puerta con un vestido floreado y algo que darme.
Llevaba meses en el mundo swinger como soltero, hasta que me citaron en un departamento y reconocí a la abuela de mi mejor amigo sirviéndome whisky.
No sabía cómo reaccionaría Marcos cuando se lo dijera. Pero con Andrés a pocos metros en esa fiesta, no pude seguir callándolo ni un segundo más.
Avisé que era yo, como hacíamos siempre. Él respondió que pasara. Lo encontré en el baño, afeitándose, desnudo. Tenía el cuerpo que yo había tratado de no mirar durante meses.
La promoción dos por uno del spa me cambió los planes, y algo más: cuando la desconocida se metió en el jacuzzi y me miró de esa manera, supe que la noche sería larga.
Entre las ocho y el mediodía, tres hombres distintos cruzaron mi puerta. Cada uno buscaba algo diferente, y yo tenía ganas de darlo todo.