La alumna que me enseñó a desear a una mujer
Cuando cerró el pestillo y se colocó detrás de mí, supe que aquella revisión de notas no iba a terminar como esperaba.
Cuando cerró el pestillo y se colocó detrás de mí, supe que aquella revisión de notas no iba a terminar como esperaba.
Bajé a buscar agua y la encontré inclinada sobre la mesa, esperando. Llevaba semanas diciéndome que no, y esa noche decidió que sí.
Cuando Diego entró al apartamento, Laura no sabía que ese hombre joven y callado le iba a devolver algo que había perdido sin saber exactamente cuándo.
Llevaba meses con esta doble vida, y esa semana era solo mía. Hasta que la puerta del club se abrió y vi entrar al último hombre que debía verme.
Caminé sola por calles oscuras, con la rabia de quien acaba de ver a su novio con otra. No buscaba nada. Y aun así, algo encontré.
Era su primera vez con un hombre, pero cuando Rodrigo le preguntó si lo quería hacer, no supo decir que no.
Daniela me pidió que la llevara a su colonia. Al llegar, dos vecinos tomaban cervezas afuera. Uno tenía un secreto que mi amiga ya sospechaba. Yo decidí comprobarlo.
La llevé al médico porque nadie más pudo. En mi casa descubrió algo que su novio nunca le había dado y, cuando lo sintió, quiso mucho más.
Era la mujer de mi colega: cuarenta y pocos, un cuerpo que imponía desde el marco de la puerta. Esa noche también quiso elegir a los dos.
Quedaron esa tarde en que Cristina estaría sola. Él entró con una misión: que ella viera a su propio hijo con otros ojos. Lo que ocurrió fue más de lo que esperaba.
Desde la pantalla del dormitorio de mi suegro, vi cada detalle. Mi marido y Claudia sobre mi propia cama. Y en vez de sentir rabia, metí la mano entre mis piernas.
Resolví una crisis en aduanas y el cónsul me invitó a su residencia. No imaginé lo que me esperaba al fondo del jardín, ni lo que vendría después.
Le propuse que durmiera en mi habitación para que no estuviera sola con el miedo. No calculé lo que iba a pasar cuando se metió en mi cama.
Me puse la ropa de Camila como una broma. Terminé en el departamento de un desconocido, sin saber cómo había llegado hasta ahí ni qué iba a pasar.
Nunca pagué por sexo, o eso creía. Esa noche en el solar abandonado aprendí que el deseo no pregunta antes de actuar.
Con los ojos cerrados construyó cada detalle: las manos de alguien, sus labios, el peso de otro cuerpo sobre el suyo. Todavía no lo había vivido, pero ya lo necesitaba.
Era la noche más lejos que había llegado sola y sin una prenda. Perros, hombres, motos y el parque principal: todo lo vi desde la piel desnuda.
Instaló el escritorio enfrente a propósito, para poder mirarla sin excusa. Cuando el despacho quedó vacío, ninguno de los dos fingió que solo era trabajo.
Fue cuando me pidió que le desabrochara el vestido. Solo eso. Después cerré la puerta con pestillo y todo cambió.
Él me hablaba de ella desde hacía meses. Una tarde nos la cruzamos en la calle y todo lo que habíamos fantasiado dejó de ser una fantasía.