Recibí a mi novio como solo una travesti lo haría
Cuando cruzamos la puerta de casa, sus labios encontraron los míos y yo olvidé, por un instante, todo lo que tenía que confesarle.
Cuando cruzamos la puerta de casa, sus labios encontraron los míos y yo olvidé, por un instante, todo lo que tenía que confesarle.
Cuando ese tipo le puso las manos encima en la pista, esperé que ella se apartara. No lo hizo. Y yo, en vez de levantarme, sentí algo oscuro y caliente por dentro.
Cuando subí al cuarto las encontré en ropa interior, riéndose. Habían intercambiado la lencería. No supe si era un juego o una invitación.
Sandra me dijo que conocía a alguien discreto, muy experimentado, que sabía exactamente cómo hacerlo. Solo tenía que decidir si cruzaba esa línea.
Cuando vi la foto de su cuerpo supe que estaba en territorio desconocido. No lo cerré. Lo guardé. Y esa decisión lo cambió todo.
Nunca había tenido novio, nunca había estado con un hombre. Cuando la llevé a mi piso esa tarde, sus manos temblaban pero no se soltaron de mí.
Esa mañana entré a su cuarto sin llamar. Ella seguía en cama, encerrada en su propio dolor. Y yo supe que era el único que podía ayudarla.
La primera noche que salí con su permiso fue la última en que necesité pedírselo.
Estaba parado al otro lado de la puerta entornada, viendo lo que nunca debí ver. Lo que hice después cambió para siempre la forma en que nos mirábamos.
Cuando entró en mi cocina, no tenía ni idea de lo que le esperaba. Yo sí lo sabía, y desde que cruzó la puerta, solo pensé en una cosa.
Cuando Elena abrió la puerta empapados y sin opciones, su mirada lo dijo todo antes de que ofreciera la noche en palabras. Madre e hija, precio fijo.
Nadia me apretó la mano antes de entrar. Yo pensé: o nos despiden o nos casamos. Salimos con fecha de boda y con ganas urgentes de celebrarlo.
Cerré la puerta con llave y bajé la persiana. El chico me necesitaba. Y yo lo necesitaba a él. Solo faltaba ponernos de acuerdo.
Siempre fui invisible, la chica con lentes que nadie notaba. Esa tarde en el mercado, cuando las naranjas rodaron, todo cambió de golpe.
Quería hacerle a papá el mejor oral de su vida mientras Andrés lo filmaba desde el sillón. Lo que ocurrió después nadie lo planeó.
Ajustó los binoculares hacia la ventana iluminada del cuarto piso y encontró algo que no estaba destinado para él.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.
Estaba mirándola por la cámara cuando la llamé. Ella no sabía que la veía. Y aun así los dos terminamos haciéndonos lo mismo al mismo tiempo.
Cuando le dije que era mi primera vez, se detuvo un instante y me miró. No con duda, sino con algo que se parecía demasiado a la satisfacción.
Le dije que quería besarla en plena calle sin importarme quién mirara. Ella apartó las sábanas, empezó a tocarse y me miró fijo. Las compras podían esperar.