El encargado que me hizo sentir mujer otra vez
Llevábamos años de silencios y cenas frías. Cuando entró a arreglar la chimenea, algo se quebró en mí. Y yo lo dejé pasar.
Llevábamos años de silencios y cenas frías. Cuando entró a arreglar la chimenea, algo se quebró en mí. Y yo lo dejé pasar.
Me senté en el murete frente al mar, separé las piernas y dejé que el viento hiciera el resto. Seis desconocidos vieron todo. Los necesitaba a todos.
Cuando abrí su galería para limpiar la cámara, encontré cientos de fotos mías. Pensé en irme. Luego vi lo que había debajo de sus pantalones y cambié de opinión.
Cuando el agua caliente nos envolvió a los dos y ella entró al baño sin ropa, supe que ese viaje de trabajo iba a ser diferente a todos los demás.
Las teclas resonaban bajo mis dedos cuando sonó el teléfono. Reconocí su voz antes de que dijera mi nombre y supe que esa noche no iba a terminar sola.
La sentí antes de escucharla. Su olor llegó primero, luego sus manos, luego su boca encontrando mi cuello en la oscuridad del pasillo.
Siempre cargué mis cosas de nena en el bolso, por si acaso. Ese día supe que el «por si acaso» finalmente había llegado.
Era activa, decía su perfil. Lo que no decía era lo que me haría cuando cerrara la puerta de su cuarto. Fui y no me arrepentí.
Llegaba cada mañana a las once. Las dos lo sabían. Y un martes que llovía con fuerza, el cartel de cerrado apareció en la puerta y entendí que era por mí.
Subí a la habitación con el corazón en la garganta y un conjunto de encaje rojo bajo el vestido. Diego ya no era una voz al teléfono.
Aparcamos lejos de todo para no aguantar más. Cuando me arrodillé frente a él, alguien venía por el sendero. Y no se alejó. Se quedó mirando, sin disimular.
Tenía más de cincuenta años y llevaba meses sin sentirse deseada. Entonces llegó él: más joven, con esa mirada que no engañaba a ninguna mujer.
Marco aún tenía el café en la mano cuando ella lo miró a los ojos y dijo que necesitaba dos hombres a la vez. Ninguno esperaba que esa mañana cambiara las reglas del juego.
Marcos presentó a Lucía como su mujer frente al barman. Era la mujer de Diego. Nadie lo corrigió. Así empezó esa noche.
Cuando ella me dijo «sí», supe que esa noche cambiaría todo. Tres cuerpos, una sola cama y una promesa entre los dos: nada de tabúes, nada de miedo.
Cuando aparcamos las motos frente a su portal, no imaginaba que esa tarde mi mejor amigo y yo terminaríamos compartiéndola en su propio salón.
Pegada a su pelvis en la pista, sentí algo duro contra mi espalda baja. Era él. Era mi mejor amigo. Y yo, supuestamente, solo me acostaba con mujeres.
Llevaba años cruzándome con él en esa casa. Sabía cómo me miraba, sabía lo que sentía cada vez que me rozaba. Esa tarde dejé de fingir que no lo deseaba.
Apagaron las luces del bus y él puso su mano sobre la mía. Nadie entre los pasajeros dormidos sabía lo que estaba ocurriendo debajo de esa cobija.
Rodrigo no sabe todo lo que pasó ese viaje. Solo la versión que elegí contarle. La verdad es más oscura, más deliciosa.