Confieso que no puedo olvidar a la chica del chupete
Llegó con su mochila al hombro y se encerró en el baño. Cuando salió, la sonrisa ya prometía que esa noche iba a desordenarme la vida entera.
Llegó con su mochila al hombro y se encerró en el baño. Cuando salió, la sonrisa ya prometía que esa noche iba a desordenarme la vida entera.
Sobre la cama había un conjunto de látex negro y unos tacones en mi talla. Esa noche, Rodrigo no me explicaría nada. Solo me ataría y lo que vendría después cambiaría todo.
Treinta segundos de distracción detrás del volante me costaron mucho más que una multa. Esa noche aprendí lo que significa pertenecer a alguien.
Desperté esposado al techo de una sala llena de látigos y argollas. Dos mujeres querían doblarme. Nadie les avisó que yo aprendía rápido.
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos esa noche, y supe por su sonrisa que iba a usarla delante de todas. Yo solo podía tragar saliva y rezar.
Bajé por una salida cualquiera y me metí entre los eucaliptos, su mano todavía debajo de mi falda. Lo que vino después, con un desconocido pasando muy cerca, sigue volviendo a mi cabeza.
Llevaba meses insistiendo con aquella fantasía. Cuando me dijo que ya lo había arreglado todo con el club, supe que no podría echarme atrás.
Entré sola, me desnudé despacio y pulsé el botón. Al otro lado de la puerta había ocho hombres esperando mi señal. Nunca había sentido tanto miedo y tanto deseo a la vez.
Cuando Lucía corrió la cortina del probador detrás de nosotras, supe que el vestido verde no iba a salir intacto. Y que yo tampoco saldría como había entrado.
Trece kilómetros a pie, medias gruesas y zapatillas cerradas. Esa noche iba a darle el regalo que le había preparado desde que subí al avión.
El mensaje llegó la noche anterior: «Mañana serás mi profesora. Trae uniforme». Me quedé con el teléfono en la mano, sin poder dormir.
Llevaba semanas yendo al mismo gimnasio aburrida, hasta que el dueño apareció: cuarenta y pico, brazos marcados, con esa calma que intimida más que cualquier gesto.
Valentina sonreía desde el primer momento como quien ya sabe cómo termina la historia. Marcos lo entendió cuando ella se bajó la ropa interior.
Rodrigo gateaba detrás de sus tacones por los pasillos del castillo, desnudo y con el collar apretándole la garganta. Ese era el desayuno de la reina.
Lo que empezó como un juego compartido se convirtió en algo que ninguno habíamos previsto: un hombre que llegó como invitado y se quedó con todo.
Para cuando Sebastián terminó de describirme el proceso, yo ya tenía que inventarme una excusa para ir al baño. Nunca imaginé que al día siguiente lo pediría yo.
Cuando mi tía Amparo abrió la puerta del baño de golpe y me encontró espiándola, supe que mi secreto más oscuro había quedado al descubierto.
Pensé que era una excursionista cualquiera hasta que se quitó la gorra y reconocí, debajo de los siete años, a la chica que abandoné en una cama desordenada.
Cuando Marcos me describió cómo envolvía a sus amantes en film stretch, tuve que escaparme al baño. No por lo que creen.
Tres meses después de la ruptura me descargué una app. No imaginé que ese hombre mayor me haría vivir la noche más intensa de mi vida.