El encargado que me hizo sentir mujer otra vez
Llevábamos años de silencios y cenas frías. Cuando entró a arreglar la chimenea, algo se quebró en mí. Y yo lo dejé pasar.
Llevábamos años de silencios y cenas frías. Cuando entró a arreglar la chimenea, algo se quebró en mí. Y yo lo dejé pasar.
Cuando abrí su galería para limpiar la cámara, encontré cientos de fotos mías. Pensé en irme. Luego vi lo que había debajo de sus pantalones y cambié de opinión.
Tenía unos sesenta años y una mirada que no disimulaba nada. Cuando me invitó a su casa, supe exactamente lo que iba a pasar.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Ella lo sabía y no dejó de mirar. Así empezó todo: observándonos desde lejos antes de que la distancia dejara de importar.
La espiaba desde mi ventana mientras tendía la ropa en la terraza. Esas tetas enormes, esa sonrisa cómplice. Sabía que la miraba y nunca dijo nada... hasta aquel martes.
Vine a pasar la noche en su departamento y terminé desnuda en el sofá mientras su mejor amiga nos miraba desde el sillón, sin moverse y sin decir una sola palabra.