Mi vecino aprendió a respetarme por las malas
Vino a mi puerta a molestar con su actitud de macho. Se fue del suelo sin poder caminar. Nadie volvió a subir la música.
Vino a mi puerta a molestar con su actitud de macho. Se fue del suelo sin poder caminar. Nadie volvió a subir la música.
Tengo un don que me permite conocer a las personas con solo mirarlas a los ojos. Esa noche lo usé para destruir una mentira.
Las siete de la mañana, el marido aún dormido, y ya siento ese calor que se instala entre las piernas sin pedir permiso. Otro día igual. O peor.
Cuando escuché los gemidos mezclados con el sonido del agua, debí haberme dado la vuelta. En cambio, me agaché entre los arbustos y me acerqué.
Cada mañana la miraba tender la ropa desde mi balcón, con sus curvas y su calma de mujer que no necesita disculparse por nada. Esa mañana fue diferente.
Su sobrina se fue a la pijamada igual que mi hijo. Tocó mi puerta con una botella de vino y una sonrisa que esa noche significaría mucho más.
Cuando lo llamé para arreglar la chimenea, yo ya sabía que algo iba a pasar. Me lo dijo el calor en el pecho cada vez que sus ojos se detenían en mí.
La vi en cuatro patas sobre el césped seco, con la cola esponjosa balanceándose entre las nalgas, y supe que esa tarde de domingo no iba a parecerse a ninguna otra.
Cuando Marcos bajó del tejado empapado en sudor, Carmenza ya sabía que no iba a dejarlo ir. Llevaba demasiado tiempo esperando a un hombre así.
Me preguntó cómo habían sido los otros hombres. Lo que no esperaba era que cada respuesta mía lo pusiera más cerca del límite, y a mí también.
Me dije que solo pasaba cerca del parque por el camino más corto. Pero cuando sus ojos me siguieron y su mano rozó mi cadera, ya no pude seguir mintiendo.
Cuando Nicolás subió a quejarse de la música, encontró a Valentina en el balcón con una camisola mojada y una sonrisa que no prometía nada bueno.
Bajé a ayudarlo vestida con lo que tenía puesto. No había calculado lo que pasaría cuando me senté a su lado en ese cuarto.
Escuché sus gemidos la primera noche desde el otro lado de la pared. No podía saber que esa pareja mayor terminaría en mi cocina pidiendo mucho más.
Bajé a ayudarlo con unos trámites. Tenía manos grandes, olor a taller y una manera de mirarme que me ponía nerviosa desde que llegamos.
Se agachó detrás del contenedor en el callejón y lo que vio al otro lado de la cortina lo dejó sin palabras. La noche cordobesa guardaba secretos que no debía descubrir.
Llevaba semanas bajando con excusas. Él me miraba de reojo y desviaba la vista. Hasta que llegó un paquete que no cabía en el ascensor y todo cambió.
Tenía treinta años más que yo y la espiaba cada mañana cuando tendía la ropa. Sin imaginar que ella sabía exactamente lo que me hacía sentir.
Andrés me decía que el vecino nos miraba demasiado. Tenía razón. Pero esa tarde de agosto, cuando sonó el timbre y fui a abrir, me alegré de que él no estuviera.
Me bastó una mirada desde la ventana para saber que ese chico iba a hacer todo lo que yo le pidiera. Solo necesitaba el momento justo.