Mi primera vez como Camila en la playa nudista
El sol nos quemaba la piel desnuda mientras Damián me abría sin clemencia, y en el agua, a pocos metros, mi madre descubría que también ella tenía hambre.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
El sol nos quemaba la piel desnuda mientras Damián me abría sin clemencia, y en el agua, a pocos metros, mi madre descubría que también ella tenía hambre.
Faltaban tres horas para llegar y el señor del asiento de al lado ya había sacado una manta del bolso. Me dijo que tenía frío. Yo no tenía nada de frío.
Lo vi solo dos filas más abajo y, antes de levantarme del asiento, ya sabía que esa noche íbamos a llevárnoslo al baño con nosotros.
Saqué del cajón un consolador que aún olía a ella y la encontré con la mirada baja, mordiéndose el labio como si la hubiera atrapado en algo más íntimo que un secreto.
Cuando me asomé a la ventana de mi nueva habitación y los vi desnudos en la piscina, supe que ese curso me enseñaría mucho más que bioquímica.
Empezó como una noche cualquiera frente a la pantalla, pero cuando pulsé enviar a aquel mensaje, supe que ya no había marcha atrás.
Llevaba años apagada por un dolor profundo, hasta que esa voz grave llenó el salón y vi cómo sus ojos volvían a brillar como cuando la conocí.
Esa noche en la casa de playa fui la fantasía cumplida de mi ex. Lo que no esperábamos era que su amigo me hiciera pedir las dos al mismo tiempo.
Cuando abrí los ojos esa mañana, no estaba en mi habitación. Estaba completamente desnudo en una cama que olía a alguien con quien jamás debí pasar la noche.
Abrió la puerta en camisón blanco, descalza. Mi novia dormía en la otra habitación y mi mejor amigo seguía en la terraza. Yo no atiné a moverme.
La idea fue suya: probar algo nuevo para reavivar la pareja. Cuando vi cómo lo miraba desde el fondo del salón, supe que esa noche yo ya había perdido.
Cuando él me dijo que invitara al director, supe lo que iba a pasar. Lo que no sabía era cuánto iba a gozar mientras mi marido nos miraba desde el sofá.
Cuando se quitó la camiseta en mi sala, reconocí el tatuaje que mi mujer agrandaba en la pantalla cada noche. El single anónimo estaba ahí, sudado y sonriendo.
Llevaba diez años durmiendo sola cuando salí al pasillo a tomar agua y, al pasar por su puerta entornada, oí los gemidos contenidos de mi inquilina.
Carla salió de los muslos de Lucía con los labios brillantes, me miró desde la arena y supe que mi tarde tranquila había terminado para siempre.
Marina se durmió desnuda al sol y, cuando abrió los ojos, la cala que parecía vacía ya no lo estaba. Y lo que más me iba a sorprender no fueron ellos: fue ella.
Mateo me prometió que vigilaría todo desde su mesa, pero cuando dos desconocidos empezaron a acariciarme al mismo tiempo, su silencio me asustó tanto como sus manos.
Cuando entré a su cuarto pensé que íbamos a charlar. Diez minutos después estaba en bóxers, temblando, y oí cómo la puerta volvía a abrirse a mis espaldas.
Cerré los ojos en el banco del paseo y separé las piernas un poco más. El viento hizo el resto. Sabía que me miraban y eso era exactamente lo que buscaba.
En aquel cubículo angosto, con los pasos del desconocido retumbando justo al otro lado del tabique, descubrí que el silencio también puede ser una forma desesperada de orgasmo.