Amanecer con el amigo joven de mis hijos
Me desperté con el cuerpo todavía encendido y él ya tenía las manos en mi cintura. Esa mañana no iba a terminar pronto.
Me desperté con el cuerpo todavía encendido y él ya tenía las manos en mi cintura. Esa mañana no iba a terminar pronto.
Carlos me miraba desde la otra mesa con esa sonrisa de hombre que cree saber lo que quiere. No tenía idea de lo que estaba por descubrir.
Me tendió la mano para saludarme y el corazón me dio un vuelco. Meses de charlas, de risas, de tensión acumulada. Solo faltaba saber qué haríamos con todo eso.
Se presentó con tacones rojos, mallas de cuero y sin ropa interior. Desde el primer momento supe que esa mañana con mi suegra iba a ser diferente.
Me acosté boca abajo, dejé la puerta abierta y esperé. No tardaron en llegar. Lo que pasó durante la siguiente hora superó cualquier viernes anterior.
Sus dedos subieron despacio por mis muslos. Supe entonces que ese masaje iba a ser algo completamente diferente a lo que había pedido.
Lorena me dijo esa tarde, con una calma que me dejó sin palabras, que su hermana necesitaba compañía y que no le importaría que fuera yo.
Lorenzo no sabía lo que quería hasta que me conoció. Yo sí lo sabía desde el primer día que lo vi en la empresa.
Llevábamos minutos caminando cuando empecé a reconocer las calles. Cuando él abrió esa puerta, supe que ya había estado allí, aunque nunca imaginé en qué circunstancias.
Quedé con él en una plaza que no conocía, en una ciudad que no era la mía. Me invitó a su departamento y perdimos la noción del tiempo.
Vivía en el campo y podía vestir ropa de mujer todo el día sin que nadie me molestara. Hasta que un desconocido escribió diciendo que le gustaban mis fotos.
Cuando salí de la ducha, ella estaba ahí con lencería negra y esa sonrisa que hacía años no veía. Esa noche tenía un plan para mí que yo nunca hubiera imaginado pedir.
Tendida al sol sin ropa, con una docena de hombres mirándome fijamente, entendí que esa playa no era como las demás. Y no quise escapar.
Sandra necesitaba ayuda con una persiana. Yo necesitaba olvidar el peor día de mi vida. Ninguno esperaba que Valentina llegara tan pronto.
Avisé que era yo, como hacíamos siempre. Él respondió que pasara. Lo encontré en el baño, afeitándose, desnudo. Tenía el cuerpo que yo había tratado de no mirar durante meses.
Vestido de fulana, colgado del arnés y con el corazón latiéndome de vergüenza, comprendí que había llegado más lejos de lo que nunca había pedido. Y aún así pedí más.
Entre las ocho y el mediodía, tres hombres distintos cruzaron mi puerta. Cada uno buscaba algo diferente, y yo tenía ganas de darlo todo.
Me bajé de la moto a media cuadra y entré en silencio por la puerta trasera. Desde el dormitorio llegaban voces que tardé en reconocer.
Cuarenta y siete años siendo un hombre de mujeres. Hasta aquella noche en Mendoza, cuando Andrés cerró la puerta de mi suite y encendió un cigarrillo.
Entré en silencio y lo encontré junto a la ventana, absorto en lo que había al otro lado de la calle. Mi hijo menor ya no era un niño, y yo lo vi todo.