Ella organizó todo para que él también lo probara
Llegué a su apartamento a la hora acordada. Él me abrió la puerta en bata; ella bajó después, nerviosa y emocionada. La noche sería larga.
Llegué a su apartamento a la hora acordada. Él me abrió la puerta en bata; ella bajó después, nerviosa y emocionada. La noche sería larga.
La primera vez que lo vi en aquella cena supe que ese hombre no era como los demás. Meses después, yo era quien le pedía más.
Diego me escribía mensajes cariñosos mientras yo, dentro de ese jacuzzi, sentía las manos de Sergio en mi cintura y empujaba el culo contra él.
Había filtrado decenas de perfiles hasta llegar a Marcos. Todo lo que pedía, y la paciencia que nunca sobra. Pero alguien siempre llega demasiado pronto.
Solo en casa por primera vez en meses, encendí la pantalla con la vaga intención de matar el tiempo. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de descubrir sobre mí mismo.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
No supe en qué clase de barrio me había metido hasta que Valeria se detuvo frente al hostal. Entonces entendí todo, y de todas formas entré.
La pantalla mostraba su salón: las dos cuñadas sentadas muy juntas, sin sospechar que yo las estaba mirando. Esa tarde empezó algo que ninguna podría olvidar.
Cuatro hombres empapados en su puerta, la noche más oscura del invierno y una soledad de años a punto de romperse.
Esa mañana era el cumpleaños de Valeria y yo había planeado cada detalle. Faltaba una sola pieza: la desconocida que esperaba en la estación con una gabardina y sin nada debajo.
Estaba al límite. Sin dinero y sin opciones, marqué el número de Rodrigo sabiendo exactamente lo que implicaba volver a verlo.
Era el partido de siempre, las cañas de siempre, los vestuarios de siempre. Hasta que Patricia dejó caer la toalla y todo cambió para los cuatro.
Llevábamos semanas hablando por chat antes de vernos. Cuando la reconocí desde lejos, con esa blusa ajustada y esa sonrisa cómplice, supe que algo iba a pasar.
Tres meses sin vernos y en cuanto bajó del avión supe que algo iba a pasar. Lo que no calculé fue que esa noche habría testigos en la playa.
Me puse el vestido negro, las sandalias de tacón, y por primera vez no me avergoncé del cuerpo que veía en el espejo. Esa tarde, él me esperaba.
Tenía veintitrés años y llevaba tiempo buscando a alguien como Elena. Cuando vi su anuncio, no imaginé que esa noche en el hotel cambiaría lo que entendía por experiencia.
Alguien me estaba tocando en la oscuridad, con una lentitud que no tenía nada de urgente. Abrí los ojos y la voz de Valeria me dijo: «¿Te está gustando, amor?».
Llevaba dos años mirando a mi cuñada como no debía. Esa noche en la disco, ella me preguntó si quería que me lo contara o que me lo mostrara.
Cuando se acercó a mí en el bar, supe que esa mujer iba a hacer lo que quisiera conmigo. Y yo quería exactamente eso.
Chupé muchas vergas antes de atreverme. Pero siempre llegaba un momento en que me detenía. Esa noche, un desconocido me convenció de cruzar ese límite.