Lo que Laura descubrió en aquel bar de chicas
Entró sola al bar porque no quería preguntas de sus amigas. No esperaba encontrar dentro a su profesora de instituto, ni lo que pasaría después.
Entró sola al bar porque no quería preguntas de sus amigas. No esperaba encontrar dentro a su profesora de instituto, ni lo que pasaría después.
Se escabulleron entre los árboles con el pretexto de fumar. Lo que empezó como un porro compartido terminó con Rodrigo desnudo y Tomás de rodillas.
Los tacones me mataban y la peluca me picaba, pero cuando ese hombre me miró desde el otro lado de la sala, entendí que la noche apenas empezaba.
Cuando abrí la puerta del baño y vi a Sandra con esa faldita y los labios pintados de rojo, entendí que el plan original ya no existía.
Llevaba tres días en aquella ciudad cuando entendí que el verdadero destino del viaje no estaba marcado en ningún mapa, sino en lo que esa mujer me susurró al oído.
Cuando se inclinó delante de él en la máquina y le susurró al oído que tenía una clase reservada para él, supo que ese lunes ya no iba a parecerse a los anteriores.
Lo esperaba en la terminal con el vestido rojo que él odiaba que llevara sin sostén. Tenía la regla y un deseo que no se calmaba con nada que no fuera él.
Cuando don Alberto me miró de esa forma por primera vez, supe que algo en mí no era lo que los demás creían. Esa tarde lo confirmó.
Pagué por una tarde y terminé contratando a esa mujer durante toda la semana. Lo que pasó la última noche es lo que jamás le he contado a nadie, ni siquiera a mi mujer.
Llevaba semanas notando cómo me ponía nervioso cada vez que me corregía la postura. Esa mañana, con el gimnasio vacío, dejó de fingir que no se daba cuenta.
Desperté atado y desnudo en un sótano que no conocía. Lo último que recordaba era el bar y a Daniela prometiéndome pruebas. La trampa había funcionado a la perfección.
Tomás llevaba un año sin tocar a una mujer. Mi marido lo sabía cuando lo invitó a cenar. Y yo me puse la tanga roja sabiendo lo que iba a pasar.
Andrés llevaba meses buscando una salida y la encontró donde menos debía: en el cuerpo de su propia esposa.
Martín llegó con una escalera y una caja de herramientas. Doña Carmen lo vio desde la ventana sacarse la remera bajo el sol y supo que el trabajo iba a ser largo.
Diego sabía exactamente qué botón tocar. Dos años sin verlo, un mensaje a la una de la mañana, y yo ya estaba en un taxi cruzando la ciudad.
Rodrigo le había prometido que esta Nochevieja sería diferente. Valeria no imaginaba hasta qué punto tenía razón.
La primera vez que me lo dijo, pensé que bromeaba. La segunda, ya tenía la mano en mi nuca empujándome hacia donde ella quería que fuera.
Valeria no quería regalos caros. Quería ser el platillo fuerte de una noche donde todos apostaran por ella y su marido la mirara con orgullo.
Lo que empezó como un juego de seducción inocente se convirtió en sumisión total. Yo era el ama del juego, hasta que dejé de serlo.
Esa tarde junto a la piscina, ella se quitó la parte superior del bikini y todo cambió entre ellos. La tensión que llevaban días ignorando ya no tenía vuelta atrás.