Cuando la madura del grupo se sentó en mi regazo
Su culo pequeño y levantado fue lo primero que noté. Pero esa noche descubrí que Valeria tenía planes desde mucho antes de que empezara la barbacoa.
Su culo pequeño y levantado fue lo primero que noté. Pero esa noche descubrí que Valeria tenía planes desde mucho antes de que empezara la barbacoa.
Llevaba semanas sin respirar por culpa del trabajo. Esa noche quise celebrar solo. Entré en el primer bar que vi y salí siendo otro.
Me tocó dormir en el suelo de mi propio cuarto. Mi hermana y su marido estaban en la cama. Llevábamos meses esperando el momento. Esa noche fue el momento.
Pulsé el timbre con los dedos temblorosos. Sabía que al otro lado de esa puerta me esperaba alguien capaz de convertirme en lo que siempre había soñado ser.
Cuando el ascensor se cerró, se acercó a mí y dijo en voz baja: —De ahora en más, solo harás lo que te ordene. Y yo lo supe de inmediato.
Corrí la cortina sin ruido. Sofía estaba de espaldas, con el agua cayéndole por los hombros, sin saber lo que estaba por pasarle.
Cuando Rodrigo me abrió la puerta, supe que no había vuelta atrás. Mi vida estaba a punto de cambiar de una manera que nunca imaginé.
Apostamos bajo la cobija a ver si adivinaba qué ropa interior llevaba. No imaginé que esa apuesta terminaría con su peso sobre mí en la habitación del hotel.
Andrés me abrió la puerta con esa sonrisa que me desarmaba. Sofía no estaba. Yo tampoco había ido por ella.
La promesa se la había hecho semanas atrás, en un momento de debilidad que no olvidaba. Ahora estaba aquí, y Karim no iba a dejarla arrepentirse.
La primera vez lo conocí por el chat interno. Entré y lo encontré con la bragueta abierta y esa verga morena que me hizo arrodillarme sin dudar.
Me había llevado la maleta con mi ropa de nena sin que nadie supiera. Pero Roberto, mi vecino de cincuenta años, tenía ojos muy atentos.
Llevaba meses enamorado de Andrés cuando me dijo que su ex vendría a cenar. No imaginé que esa noche acabaría proclamándolo nuestro rey entre los dos.
Cuando volví de la cocina y vi la mano de Marco sobre el muslo de Rodrigo, sentí unos celos que no supe si quería apagar o alimentar.
Llevaba cuarenta y siete años siendo exactamente quien se supone que debía ser. Una noche con la lencería de mi esposa en las manos cambió eso para siempre.
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Esa noche cerrando el gym, el único socio que quedaba entró a las duchas al mismo tiempo que yo.
Estaba sentado aparte mirando el agua con resignación. Era tímido, era virgen y era perfecto para lo que mi amiga y yo llevábamos pensando toda la tarde.
La ventana del pasillo daba directa al baño. El vapor empañaba el cristal pero dejaba ver lo suficiente: mi esposa pasando el jabón por el cuerpo de mi padre.
Me pasó una piedra por la espalda, murmuró algo que no entendí, y de repente solo quería una cosa: que ese hombre me tomara. No sé si fue brujería. Sé que no me resistí.
Llevaba semanas sin atreverme a usarlo. Esa noche, después de probar los otros dos consoladores, decidí que era el momento. Lo que sentí me dejó sin palabras.