El desconocido de la cala que cumplió mi fantasía
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.
Nunca me había preguntado si podía despertar deseo en alguien veinte años más joven. Julián llegó a casa y borró esa pregunta de un solo vistazo.
Me paré en el umbral con el vino en la mano y lo miré desde lejos. Él levantó la vista. Yo sonreí. No hizo falta decir nada más.
Cuando llegué a su departamento aquella tarde de sábado, me había depilado entero y no llevaba ropa interior. Sabía exactamente a qué iba. O eso creía.
Todos dormían a metros cuando me apoyé contra la pared fría del patio. Esa noche, mi cuñado haría algo conmigo que ningún hombre había conseguido antes.
Cuando el portón se cerró detrás de mí, con la jarra de agua en la mano y los dos obreros mirándome, supe que lo había buscado desde el primer día.
Mis amigas me dejaron sola frente al fuego. Podría haberme sentido abandonada. En cambio, me pregunté si sería capaz de conquistarme a mí misma.
Llevaba meses siendo invisible para mi marido. Cuando el técnico llamó a la puerta esa tarde, algo en mí decidió que no iba a dejar pasar la oportunidad.
Tenía veintiún años y nunca había estado con una mujer trans. Valentina cambió eso en una sola noche con su cuerpo, su calma y su manera de guiarme sin juzgarme.
Llevaba la lencería más atrevida y ganas de que alguien me notara. Cuando él apareció entre los jardines y me vio cruzada de piernas, supe que la semana iba a ser distinta.
El profesor frenó bajo los árboles y metió la mano bajo mi falda. Era la primera vez que alguien me tocaba así, y no quise que parara.
Marcos llegó puntual con su traje oscuro, oliendo a colonia cara. Cuando cerré la puerta del departamento, supe que los dos estábamos a punto de cruzar una línea.
Fui a llevarle un encargo a mi suegra y terminé con las manos en algo que no era el tobillo. No puedo arrepentirme de nada.
Valeria y yo llevábamos días dando rodeos hasta que, solas junto a la piscina, empecé a contarle todo: lo del permiso de Marcos, lo de los clientes, lo de la playa.
La mazmorra del Ama Vera no tenía secretos para mí, pero esa noche llegó Elena, y todo cambió cuando Vera nos ató juntos cara a cara.
Cuando Rodrigo llegó con «él», tardé varios minutos en entender que ese cuerpo perfecto y esas caderas pertenecían a un hombre. Esa noche todo cambió.
Tenía más de setenta años y todavía levantaba pasiones. Cuando el chico del piso de enfrente llegó a pedirle azúcar, ninguno de los dos imaginó lo que vendría después.
Creía que la casa de al lado llevaba meses vacía. Cuando la luz del estudio se encendió una noche, descubrí que llevaba semanas siendo el espectáculo de alguien.
Jamás pensé que estar detrás de la cámara viendo a mi mejor amiga con otras dos mujeres iba a ser tan difícil de olvidar.
Los conocía de cuando salía con su hija. Años después los encontré en la costa y algo en la mirada de Valeria me dijo que ese verano sería diferente.