El crucero del Danubio donde lo compartí todo
Siete noches navegando Europa central con seis desconocidos. Nadie habló de límites desde el principio, y eso lo cambió todo.
Siete noches navegando Europa central con seis desconocidos. Nadie habló de límites desde el principio, y eso lo cambió todo.
Sebastián traía visitas para que yo jugara. El juego siempre fue mío. Hasta que Diego cruzó la puerta con esa calma que no promete nada bueno.
Me puse el vestido más ajustado que tenía y lo esperé en la terminal. Siete días sin él y mi cuerpo pedía a gritos que volviera.
Venía todas las noches al bar, se sentaba en el mismo lugar y no molestaba a nadie. Solo la miraba. Y Sofía, que ya había visto de todo, empezaba a devolver la mirada.
Kwame aparcó el tráiler al mediodía y antes de arrancar al día siguiente había dejado su marca en tres cuerpos distintos. Algunos lo buscaron, otros simplemente cedieron.
A las siete de la mañana yo llegué a entrenar. Ella cerró el vestuario con pestillo, se giró y me dijo: «Hoy la clase no está en el menú normal».
La esposa de mi jefe me llamaba perra en sus mensajes privados. Si creía que era cierto, esa tarde iba a darle toda la razón.
Cuando Vera me miró esa noche, supe que algo en mí estaba a punto de romperse. No de miedo, sino de un deseo que nunca había querido reconocer.
Entró con un grupo, intentó llevarse un set de lencería negra y acabó devolviendo mucho más de lo que robó. Sus ojos azules me lo dijeron todo desde el primer segundo.
Cierro los ojos y ella aparece: alta, oscura, con una polla que no me esperaba encontrar y que ahora no consigo sacarme de la cabeza.
Tengo veintiocho años y una lista de fantasías que casi nunca le cuento a nadie. Esta es mi confesión completa, sin filtros.
Cuando me ofreció llevarme al súper en su auto, pensé en ahorrarle tiempo a mi marido. Fue la última vez que pensé en él esa noche.
Llegó al salón con un vestido negro y una sonrisa que sabía lo que hacía. Mi mujer la miraba igual que yo. Los tres sabíamos que aquella tarde no terminaría con el café.
Cuando nos detuvieron en la oscuridad, solo pensaba en escapar. No imaginé que horas después estaría deseando que no terminara.
Llegué a esa quinta recién separada, sin muchas expectativas. Volví con recuerdos que tardaron meses en dejar de volver solos a mi cabeza.
Cuando mi marido faltó ese día, Rodrigo llegó solo muy temprano. Lo que empezó con retos y preguntas incómodas terminó de una forma que nunca esperé.
Romina entró a esa fiesta con una seguridad que tienen pocas mujeres. Al día siguiente, cuando me llevó a recoger a su hija, entendí que la noche anterior había sido solo el comienzo.
Tenía las maletas en el pasillo y el taxi pedido para las seis. Entonces sonó el timbre y lo encontré al otro lado, con el teléfono en la mano.
Marcos era gay y yo era su mejor amiga desde los quince años. Ocho años de deseo callado, de fingir que no me ardía por dentro cada vez que contaba sus historias.
La oí entrar a medianoche y no abrí los ojos. Fingí dormir. Lo que pasó después en esa habitación oscura no debería haberme gustado tanto.