Tengo novia y dos secretos que me consumen
Le digo que trabajo hasta tarde y le mando un beso de buenas noches. Luego paso la siguiente hora con la boca llena y el mundo al revés.
Le digo que trabajo hasta tarde y le mando un beso de buenas noches. Luego paso la siguiente hora con la boca llena y el mundo al revés.
No lo hice por el dinero. Lo hice porque me daba todo igual. Verla feliz con otro en ese bar fue el detonador de una época que no debería haber vivido.
Cuando frenamos junto a ellos, la chica ya movía las caderas con una canción. Mateo llevaba las uñas pintadas. Ese viaje no iba a terminar como habíamos planeado.
Mi abuela tomó la decisión, como siempre. Yo solo seguí el instinto. Lo que ocurrió en esa cabaña durante la tormenta sigue siendo solo nuestro.
Me puse la peluca, los tacones y las curvas postizas. No calculé que antes de que amaneciera iba a estar ladrando en un jardín con las rodillas en la tierra.
Cuando la doctora cerró la puerta con llave, entendí que esa consulta no iba a ser como ninguna otra. Nunca lo fue.
Nos dijeron que el precio era nuestro cuerpo. Cinco hermanos, un contrabandista y la única salida posible.
Jugamos al póker de prendas con mis vecinos. Nadie dijo a qué más se estaba jugando, pero cuando me quedé sin ropa en el centro del salón, ya no necesitábamos las cartas.
Llegó recién separado, con una maleta y demasiado tiempo libre. Desde la mañana en la piscina supe que esa semana no iba a ser nada aburrida.
Cuando llegué a su apartamento hablamos apenas cinco minutos. Después sus manos en mi cuello me dijeron todo lo que necesitaba saber de esa noche.
Estaba ahí, con la cubeta de champagne en las manos, escuchando cada gemido, cada crujido de la cama. Y no fui capaz de alejarme.
Eran las dos de la madrugada, el vino se había acabado y ellos seguían mirándome. Debería haberles dicho que se fueran.
La voz de Daniela narraba lo del vestuario mientras, a su alrededor, los cuerpos de sus amigas se enredaban sin vergüenza ni límites.
La cremallera de la tienda se abrió y aparecieron dos cabezas. Vieron a dos chicas desnudas y apenas pestañearon. Era esa clase de festival.
Llegué a su apartamento con ganas de tomar cerveza y matar el tiempo. Me fui con el culo adolorido, la boca con sabor a semen y una sonrisa que no podía disimular.
La primera noche juré volver a casa. Al séptimo ya no recordaba para qué había comprado el vuelo de vuelta. Esto es lo que pasó entre esas dos noches.
Viajé sola buscando templos y acabé en una terraza sobre el río, rodeada de manos que no eran las mías y bocas que sabían exactamente dónde encontrarme.
Él llevaba un mes sentado en el mismo taburete, bebiendo agua y mirándola trabajar. Esa noche, cuando el bar quedó vacío, ella fue la que preguntó.
Soltó la carcajada, bajó la voz y me miró con esa sonrisa de puta satisfecha que ya le conocía. Supe que me iba a contar todo lo que había callado.
Cuando Damián le susurró al oído que podía tenerme, algo en la mirada de Mateo cambió. La timidez desapareció y yo dejé de ser quien llevaba el juego.