El fin de semana en que dejé de ser su marido
Tenía los dedos húmedos de ella cuando el coche arrancó. Me dejó en la puerta de mi propia casa con una erección y el corazón roto.
Tenía los dedos húmedos de ella cuando el coche arrancó. Me dejó en la puerta de mi propia casa con una erección y el corazón roto.
Salí antes del amanecer con el cuerpo preparado y una sola idea: llegar al otro lado de la carretera después de haberme entregado a cuantos choferes quisieran.
Llevaba meses diciéndole que no. Cuando vi ese teléfono en el aparador, supe exactamente qué podía ofrecerle a cambio de tenerlo.
Cuando Diego entró al salón y vio a mi abuela en ese vestido rojo, supe que había tomado la decisión correcta. Ella lo miró como ya me había mirado a mí.
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
Me puse las medias, el liguero y los tacones. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Lo que no supe fue cómo apagar ese recuerdo de tres semanas atrás.
Cuando Arturo me pidió que me diera la vuelta, entendí lo que quería. Lo más perturbador fue darme cuenta de que yo tampoco podía decir que no.
El paquete llegó un martes. Lo sostuve en las manos sin abrirlo durante diez minutos, sabiendo que en cuanto lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.
Llevaba horas aguantando el deseo en la oficina. Cuando vi sus manos en el volante, supe que esa noche no iba a terminar como tenía planeado.
Era el padre protector, el marido fiel, el tipo que rechazaba todo lo que se saliera de lo normal. Hasta aquella noche en la casa de campo.
Cerré la puerta con pestillo, bajé la persiana y me prometí que esa noche no habría límites. Había esperado demasiado tiempo para descubrir ese placer.
Cuando los dos vecinos del piso de abajo tocaron mi puerta con una botella de vino, llevaba diez días sola en casa con el cuerpo en un estado que no era tranquilidad.
Llevábamos semanas intercambiando correos con Valeria. Ella pedía fuerza y presión. Cuando nos vio bajar de las motos, supo que no se iba a decepcionar.
Claudia llegó a casa de su hijo sin saber que la esperábamos. El uniforme de trabajo, los ojos cansados. Nadie la preparó para lo que venía.
Cada mañana salgo de casa con un regalo específico para mamá. Ella me espera en su cama, y lo que compartimos las cuatro es algo que nadie en el barrio imaginaría.
Habíamos pasado tres meses coordinando cada detalle. Cuando Diego abrió la puerta y vi a su madre detrás, supe que ya no había vuelta atrás para ninguno de los cuatro.
Era tarde, estábamos solos en casa, y mamá comenzó a hablar de algo que nunca debió contarnos. Para cuando quise detenerla, ya no quería que parara.
Vivíamos en el mismo apartamento, desnudos, sin poder tocarnos. Él me miraba como si fuera a devorarme. Un mes de abstinencia antes de que se lo ganara.
La vi al otro lado del cristal, pegada a un desconocido que la besaba en el cuello. Yo debería haber estado furioso, pero solo noté cómo se me aceleraba el pulso.
Rodrigo me miraba el culo cada día en la oficina sin atreverse a nada. Hasta que leí lo que su esposa pensaba de mí y decidí que tenía razón.