El juego que aceptamos en aquel bar se nos fue de las manos
Bajé la mirada al ver mi falda más corta de lo prudente. Crucé las piernas en el taburete y, antes de que llegara el cóctel, sentía dos pares de ojos clavados en mi escote.
Bajé la mirada al ver mi falda más corta de lo prudente. Crucé las piernas en el taburete y, antes de que llegara el cóctel, sentía dos pares de ojos clavados en mi escote.
Cuando Sebastián colgó el teléfono y le guiñó un ojo, su esposa supo que el partido era la excusa. El director llegaría en veinte minutos, y el plan ya estaba listo.
Seguía desnuda con el cuerpo de Sara encima cuando la cremallera se abrió. Dos chicos asomaron la cabeza. Y ninguno de los cuatro parecía tener prisa por dormir.
Cuando me cerró los dedos sobre la tarjeta, me susurró que tenía veinte minutos para decidir si subía a su departamento o seguía siendo periodista.
Cuando él me dijo que invitara al director, supe lo que iba a pasar. Lo que no sabía era cuánto iba a gozar mientras mi marido nos miraba desde el sofá.
Cuando mi marido viajó, los dos viejitos del quinto me invitaron a celebrar un cumpleaños. Lo que pasó sobre la mesa del comedor no debió pasar.
Acomodé el celular antes de que Iván entrara. Del otro lado, mi amante respiraba pesado. Yo no iba a perder el control esa noche: lo iba a buscar.
Mientras ellas seguían en el agua, él me propuso lo que yo llevaba un año imaginando. Bajé la cerveza sobre la barra y dije que sí antes de arrepentirme.
Cuando nadie nos veía, él metió la mano bajo mis mallas y me propuso la apuesta más excitante que me han hecho en mi vida.
Cuando Andrés llegó a casa esa noche y vio luz bajo la puerta de Nadia, no esperaba encontrar lo que encontró. Ni imaginó que lo invitarían a quedarse.
Cuando Laura leyó mi mensaje, canceló todos sus planes. No necesité decir mucho más: dos palabras bastaron para encenderlo todo entre nosotros.
Cuando el masajista dejó caer su bata al suelo, comprendí que el regalo de aniversario de mi marido escondía mucho más que un circuito termal y un masaje a cuatro manos.
Cuando el guía enmascarado me separó de Mateo en aquella hacienda colonial, supe que la fantasía que habíamos susurrado en la oscuridad estaba a punto de volverse carne.
Sobre la almohada encontré un sobre con una dirección, una hora y una frase que me hizo temblar. No sabía que él lo había organizado todo.
Marcos le dijo que sería una noche diferente. Lo que Laura no sabía era que sus amigos iban a apostar fichas para ganar favores con ella.
Era ginecólogo. Llevaba años durmiendo solo. Hasta la mañana en que una paciente entró al consultorio con la cara exacta de la muñeca que ocultaba en su cuarto.
Las siete de la mañana, el marido aún dormido, y ya siento ese calor que se instala entre las piernas sin pedir permiso. Otro día igual. O peor.
Ella lo miraba como si lo conociera de toda la vida. Él sonreía demasiado. Y yo, frente a los dos, pensaba en lo que había hecho con cada uno por separado.
Cuando abrió la caja equivocada, supo que era un error. Pero cuando ella entró al consultorio, pequeña y asustada, la muñeca y la mujer se volvieron lo mismo.
Conduje sesenta kilómetros para encontrar el silencio. Lo que no esperaba era una habitación que parecía diseñada exactamente para mis fantasías más privadas.