Desperté atado en el aula y ya nada volvió a ser igual
Cuando abrí los ojos no estaba en mi pupitre: estaba desnudo, atado a la silla del profesor, y unos tacones empezaban a rodearme en el aula vacía.
Cuando abrí los ojos no estaba en mi pupitre: estaba desnudo, atado a la silla del profesor, y unos tacones empezaban a rodearme en el aula vacía.
Toda mi vida creí que le pertenecía solo a él. La tarde que entró a la dirección y me encontró sobre el escritorio, descubrí cuánto le gustaba verme con otro.
Tenía el corazón acelerado y la sábana empapada a los siete grados de la madrugada. El problema no era el frío: era con quién había soñado.
Estaba en su silla, ajeno a todo, con los auriculares puestos. Y yo, en su cama, con una idea tonta que esa tarde por fin me atreví a llevar a cabo.
Me puse la minifalda más corta solo para ver si conseguía ponerlo nervioso. No imaginé que esa misma noche él volvería a aparecer, esta vez dentro de mi cabeza.
La amiga de su mujer abrió las piernas frente a él, sonriendo, solo para mostrarle aquello que esa noche jamás iba a tocar.
Se levantó de la mesa, se dio vuelta y me miró de un modo que no dejaba lugar a dudas. La seguí sin pensarlo, con el corazón golpeándome el pecho.
Llevábamos años rozándonos las manos sin decir nada. Esa madrugada, en mi salón a media luz, las miradas dejaron de bastar y nadie quiso volver a fingir.
Nunca se lo conté a mi pareja. Pero cuando cierro los ojos no soy yo quien decide: alguien entra, me sujeta y mi cuerpo deja de obedecerme.
Toqué la puerta una y mil veces y nadie abrió. Cuando recepción me dejó entrar, encontré maletas que no eran mías bajo la cama y un olor inconfundible.
Llevaba semanas tendida en mi hamaca, untándome aceite y cerrando los ojos, hasta que una tarde sentí que alguien me miraba a través de las arizónicas.
Marina dejó la libreta abierta en la letra C. Yo solo iba a hablar de mi bloqueo en la cama, pero aquella primera consulta no terminó como cualquiera imaginaría.
Lo guardé en el bolso por las prisas, pero esa tarde lo saqué por otra razón: estaba sola, aburrida y demasiado caliente como para aguantarme.
Pensó en él todo el día. Ahora, bajo las sábanas y con la lluvia golpeando el cristal, su mano empieza a recorrer lo que su imaginación ya había prometido.
Nunca me había atrevido a verme mientras me tocaba. Esa tarde puse el teléfono frente a la cama, respiré hondo y aprendí algo nuevo sobre mi propio deseo.
Nunca había sido exhibicionista, pero esa tarde abrí la cortina, puse una silla frente al cristal y me desnudé sin saber quién observaba.
Eran las once y media de la noche cuando Daniela asomó al pasillo y me pidió ayuda con el fuego. Yo llevaba toda la tarde pensando en lo que escondían sus maletas.
A las cuatro de la madrugada, mientras me hacía el amor, mi marido susurró el nombre de mi compañero de trabajo. Y yo, en la oscuridad, sonreí.
Salí del restaurante con él rumbo al motel. Mi marido me esperaba en casa, pero esa noche le debía a mi jefe una despedida muy distinta.
Lo vi bailando con otra y algo se rompió en mí. No busqué venganza, busqué a alguien que me hiciera sentir lo que él ya no me daba.