El regalo que mi marido pidió por mi cumpleaños
Acepté su fantasía creyendo que era un regalo para él. Lo que ninguno imaginó es que esa noche descubriría justo lo que quería… y dejaría de conformarme.
Acepté su fantasía creyendo que era un regalo para él. Lo que ninguno imaginó es que esa noche descubriría justo lo que quería… y dejaría de conformarme.
Encendí la mecha y los encerré a los dos en un piso vacío. Ahora mi marido me ruega presenciar lo que viene y mi cuñado ya firmó en blanco, sin saber lo que le espera.
Les puse una sola norma: yo decidía qué se hacía y hasta dónde se llegaba. Ninguno de los dos imaginaba lo lejos que pensaba llevar aquella noche.
Tenía veinticinco años, ocho meses sin tocar a nadie y una idea prestada por una amiga: ir sola al cine porno y sentarme lo más cerca posible de quien se atreviera primero.
Solo había una cosa que tenían prohibido hacerme, y era justo la única que yo deseaba mientras me usaban durante un mes entero.
Llevaba años diciéndole que no a una sola cosa. Aquella tarde, en la arena, una pareja se nos acercó a pedir fuego y entendí que mi marido lo había planeado todo.
Noelia nos miró por encima de la copa de cava y soltó la pregunta que nadie esperaba: ¿cómo llevábamos nuestra vida sexual después de tantos años juntos?
Solo queríamos enjuagarnos el salitre. Nadie nos avisó de que en aquel rincón perdido la ropa sobraba y las reglas las ponía el deseo.
Dos amigos de toda la vida, dos parejas que lo compartían todo. Hasta que la curiosidad entre ellos empezó a ser más difícil de ignorar.
Sandra y yo los encontramos en el jacuzzi. Pablo estaba follando a Lucía, mi chica, sin haberse dado cuenta de que teníamos público. La noche todavía no había empezado de verdad.
Fui sola a esa fiesta pensando en bailar un rato y olvidar. No esperaba que Diego ni lo que vino después cambiaran mi noche por completo.
Llegamos con condones, lubricante y ganas de todo. La orgía prometida nunca ocurrió, pero lo que Marcos me hizo delante de los desconocidos fue mejor.
Cuando empezamos a oír el cabecero golpeando contra la pared, no imaginábamos que esa misma noche nuestros gritos también cruzarían al otro lado del techo.
Cuando se quitó la camiseta en mi sala, reconocí el tatuaje que mi mujer agrandaba en la pantalla cada noche. El single anónimo estaba ahí, sudado y sonriendo.
Cuando Ataq nos explicó que la hospitalidad inuit incluía compartir esposas, mi mujer y yo nos miramos en silencio. Aquella noche el calor no vino del fuego.
Cuando Roberto se pegó a Claudia en la pista de baile, entendí que esas vacaciones no iban a ser lo que habíamos imaginado.
Cuando les dijo lo que estaba dispuesta a hacer, los tres mecánicos se miraron en silencio. Nadie la detuvo cuando se arrodilló en la oficina del fondo.
Éramos cuatro personas de cuarenta años que nunca habían roto un plato. Raquel dijo que había que hacer algo que no pudiéramos contarle a nadie.
Cuando los masajistas entraron en la sala y cerraron la puerta, entendí que Sergio había comprado algo más que un masaje para nuestro aniversario.
La cremallera se abrió de golpe y dos caras asomaron desde fuera. Nadie se sorprendió demasiado. Lo que vino después fue lo más salvaje que Sara había vivido.