Llamé a mi ex y me respondió su nueva novia
Cuando me propuso quedar para «comparar notas» sobre él, dije que sí sin pensar. No imaginé que el primer beso lo daríamos en el sofá del fondo de la cafetería.
Cuando me propuso quedar para «comparar notas» sobre él, dije que sí sin pensar. No imaginé que el primer beso lo daríamos en el sofá del fondo de la cafetería.
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Resolví una crisis en aduanas y el cónsul me invitó a su residencia. No imaginé lo que me esperaba al fondo del jardín, ni lo que vendría después.
La primera vez lo conocí por el chat interno. Entré y lo encontré con la bragueta abierta y esa verga morena que me hizo arrodillarme sin dudar.
Llevábamos meses hablando por chat antes de vernos en persona. Cuando lo vi en la entrada del teatro, supe que esa noche no iba a terminar como había planeado.
Bastó que me viera entrenar dos días seguidos para que se acercara. Lo demás lo decidió mi cuerpo: tenía que comprobar si los rumores eran ciertos.
Subió al piso 28 con el vestido morado y los tacones de aguja sabiendo lo que iba a pasar. Lo que no esperaba era que su cuerpo no obedeciera la promesa de no sentir.
Lo descubrí la primera tarde, cuando el barman libraba y aquel forastero de pendientes de oro decidió que mi parada era su nuevo coto de caza.
Le había servido café a cientos de hombres sin pestañear. Cuando él entró esa noche, supe que iba a romper todas mis reglas. Y lo hice sin remordimiento.
Pagué por una tarde y terminé contratando a esa mujer durante toda la semana. Lo que pasó la última noche es lo que jamás le he contado a nadie, ni siquiera a mi mujer.
Marina creía que solo tenía envidia del novio de su amiga. Esa noche, cuando él dormía exhausto, ella cruzó el pasillo en silencio y golpeó la puerta de Daniela con un nudo en el estómago.
Le abrimos la puerta a las diez en punto. Veinticinco años, manos temblorosas y un acuerdo firmado: durante las próximas horas, su cuerpo nos pertenecía a los dos.
Aquella tarde de viernes, con la segunda copa de vino en la mano, Valeria me miró diferente y empezó a contarme lo que hacía los fines de semana.
Estaba ahí, con la cubeta de champagne en las manos, escuchando cada gemido, cada crujido de la cama. Y no fui capaz de alejarme.
Llegué a su apartamento con ganas de tomar cerveza y matar el tiempo. Me fui con el culo adolorido, la boca con sabor a semen y una sonrisa que no podía disimular.
Entró al aula caminando despacio, con la cara pálida y un gesto de dolor al sentarse que no podía disimular. Tardé días en sacarle la verdad.
Éramos dos socios casados, un todoterreno caro y doscientos kilómetros por delante. Ellos tenían veinte años y una actitud que lo cambiaba todo.
Éramos dos en la cama, la luz baja, sus piernas sobre las mías. Le dije que llevaba semanas pensando en algo que no sabía cómo pedirle.
Salí antes del amanecer con el cuerpo preparado y una sola idea: llegar al otro lado de la carretera después de haberme entregado a cuantos choferes quisieran.
Bajaba de madrugada al colchón del piso donde dormía él, me cubría con las sábanas y me quedaba ahí hasta que terminaba. Casi nunca nos atrapaban.