El viaje a Marsella con mi tío camionero
Subí a la cabina con dieciocho años recién cumplidos y un termo de café. No imaginaba que esa litera estrecha iba a ser donde mi tío Ramón me enseñaría todo lo que no sabía de mí.
Subí a la cabina con dieciocho años recién cumplidos y un termo de café. No imaginaba que esa litera estrecha iba a ser donde mi tío Ramón me enseñaría todo lo que no sabía de mí.
Lo había intentado antes y solo había sentido dolor. Esa noche, en una habitación de hotel con un desconocido, descubrí lo equivocada que estaba.
Cuando me señaló y dijo «tú conmigo», supe que aquel ejercicio de pareja no iba a ser solo técnico. Su voz baja en mi oído hizo el resto.
Me llamó al caer la tarde para avisarme de que vendría tarde. Para entonces yo ya había empezado a prepararme: la peluca, el maquillaje, el plug. Solo faltaba él.
Desde la ventana de su despacho lo veía sudar sobre la bicicleta, sin saber que aquel juego de miradas terminaría con ella llamando a su puerta.
Bastó una mirada al WhatsApp para que un chat vacío empezara a deshacer seis años de matrimonio. Lo que vino después no se podía deshacer.
Cuando el dolor cesó y me miré al espejo, no quedaba nada de quien fui. Solo un hombre desnudo, listo para entregárselo todo al único que siempre había amado.
Crucé miradas con él en la cafetería del área de servicio. Supe que iba a seguirme al baño, y supe que de ahí no iba a salir igual que había entrado.
Choqué con él al retroceder entre los puestos de verduras y su bulto rozó mis nalgas. Esa noche no pude dormir pensando en lo que había sentido.
Cuando subí al taxi rumbo a las afueras todavía podía echarme atrás. No lo hice, y horas después me arrepentiría con las muñecas atadas al cabecero de su cama.
Pasamos dos días sin tocarnos por el entierro. Cuando paramos en unas ruinas para descansar, ninguno pensó que esa noche acabaría con luces de baliza encima.
Eran un tío y su sobrino, dos bestias del gimnasio que llevaban semanas mirándome. Ese domingo, algo en el aire cambió para siempre.
Lo vi en la terraza del puerto: alto, con barba y espalda ancha. Marcos me miró de reojo y supe que los dos estábamos pensando lo mismo.
Llevábamos años evitando hablar de aquellos juegos infantiles, hasta que una tarde de invierno le pedí que me llevara en la bici y mi mano se posó donde no debía.
Cuando me propuso quedar para «comparar notas» sobre él, dije que sí sin pensar. No imaginé que el primer beso lo daríamos en el sofá del fondo de la cafetería.
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Resolví una crisis en aduanas y el cónsul me invitó a su residencia. No imaginé lo que me esperaba al fondo del jardín, ni lo que vendría después.
La primera vez lo conocí por el chat interno. Entré y lo encontré con la bragueta abierta y esa verga morena que me hizo arrodillarme sin dudar.
Llevábamos meses hablando por chat antes de vernos en persona. Cuando lo vi en la entrada del teatro, supe que esa noche no iba a terminar como había planeado.
Bastó que me viera entrenar dos días seguidos para que se acercara. Lo demás lo decidió mi cuerpo: tenía que comprobar si los rumores eran ciertos.