Las cuatro lo ataron en el sótano y empezó el castigo
Cuando la anestesia se disipó y abrió los ojos, ya estaba desnudo, esposado a una silla y rodeado por cuatro mujeres que llevaban un mes esperando ese momento.
Cuando la anestesia se disipó y abrió los ojos, ya estaba desnudo, esposado a una silla y rodeado por cuatro mujeres que llevaban un mes esperando ese momento.
Soy una travesti de clóset. Llevaba meses obedeciendo sus correos cuando me escribió que vendría a mi ciudad, y supe que esa tarde haría conmigo todo lo que me había ordenado.
Siempre fue ella quien empuñó la correa. Esa noche, encadenada al potro, descubrió que también las reinas terminan arrodilladas ante un ama más cruel que ellas.
Me lo metió hasta el fondo y susurró una sola orden: que lo guardara ahí, que no lo perdiera. Asentí sin entender en lo que me estaba metiendo.
Él me conoció siendo un chico tímido. Años después le abrí la puerta vestida y maquillada, y en sus ojos vi que ya no quedaba nada del amigo que creía conocer.
Cuando todos se fueron, él me miró desde el sofá y dijo que me había imaginado como una princesa toda la noche. Y yo, que nunca había estado con nadie, no supe decir que no.
Cuando cerró el último candado y se guardó la combinación, entendí que esa noche mi cuerpo ya no me pertenecía: era su muñeca, y obedecer era el único camino.
Quiero ponerme la peluca, maquillarme y entregarme a un desconocido que haya leído mis historias. Una sola noche, sin compromisos, antes de que sea tarde.
Cuando cierro la puerta, abro el cajón, saco el perfume que él eligió para mí y me convierto en quien realmente soy. Solo él lo sabe.
Me maquillé durante veinte minutos, me puse la peluca castaña y abrí la puerta del hotel cuando llamó. Llevaba años esperando ese momento sin saber que lo esperaba.
Marcos firmó el contrato sin leerlo. Cuando lo encerraron bajo el váter del Club Ónix, ya era demasiado tarde para arrepentirse.
Vestido de fulana, colgado del arnés y con el corazón latiéndome de vergüenza, comprendí que había llegado más lejos de lo que nunca había pedido. Y aún así pedí más.
Después de meses en cautiverio, lo último que Valeria esperaba era que Sofía misma le pidiera que la atara. Pero así comenzó aquella primera noche.
Cuando me desató, lo primero que vi fue la mesa de madera con grilletes en cada esquina. Los tres me miraban como si supieran exactamente qué iba a pasar después.
Cuando saqué el frasco de cristal del cajón de mi madre, ya sabía que esa tarde iba a cruzar una línea de la que no pensaba volver.
Cuando vi a Iván levantar el celular y sonreír supe que el simulacro había sido una trampa. Y que no iba a salir entera de aquel subsuelo.
Elegí las zapatillas más cerradas, las medias más gruesas y planeé exactamente cómo sería su cara cuando las quitara en el hotel, después de horas de ciudad.
Él llevaba un mes sentado en el mismo taburete, bebiendo agua y mirándola trabajar. Esa noche, cuando el bar quedó vacío, ella fue la que preguntó.
Cuando Vera me miró esa noche, supe que algo en mí estaba a punto de romperse. No de miedo, sino de un deseo que nunca había querido reconocer.
La tarjeta no decía nada más que un nombre y un número de teléfono. Nadie nos advirtió de lo que íbamos a encontrar al otro lado de esa verja.