La convirtió en su muñeca perfecta y ella obedeció
Antes discutía de política y leía a los clásicos. Hoy se sienta en sus rodillas y espera, sonriente, el próximo capricho del hombre que la transformó.
Antes discutía de política y leía a los clásicos. Hoy se sienta en sus rodillas y espera, sonriente, el próximo capricho del hombre que la transformó.
Bastó un comentario en la oficina para que él decidiera que su mujer pasaría por quirófano. No por el bebé: por seguir siendo el único dueño de su cuerpo.
Acababa de salir de la ducha cuando vi su mensaje en la pantalla. No era lo que buscaba, pero su foto me hizo cambiar de planes esa misma tarde.
La deseé desde el primer día, con su cuerpo perfecto enfundado en la malla. Lo que no imaginaba era lo que escondía debajo, ni lo lejos que estaba dispuesto a llegar.
Nunca había salido a la calle vestida así. Esa mañana, con la casa para mí sola, decidí que era el día de cumplir la fantasía que me quitaba el sueño.
Lo conocía desde la secundaria como el más macho del salón. Anoche me vio convertida en otra y, al día siguiente, su mensaje no dejaba lugar a dudas.
Cada mañana es igual: abro los ojos con el cuerpo encendido y la cama revuelta, sabiendo que ninguna almohada bastará para calmar lo que de verdad pido.
Aquella lencería de novia no era para mí, pero cuando me la probé frente al espejo de mi oficina supe que esa noche iba a pasar algo que no podría contarle a nadie.
Marqué el número que me dio en la ruta sin saber su nombre. En dos horas estaría en mi puerta, y yo ya me había puesto la peluca rubia y los tacones más altos.
Durante cuatro días el papelito con su número me quemó en el bolsillo. Cada noche recordaba aquella humedad escurriendo y supe que iba a llamar.
Nunca lo vi en persona. Solo necesité mis palabras, un altar de velas y la certeza de que un hombre puede arrodillarse ante alguien que jamás le devolverá el gesto.
«¿Y no te importa que tenga polla?», soltó su primo antes de presentárnosla. Respondí que primero quería conocerla. Esa misma noche terminé arrodillado a sus pies.
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
Me ofreció dinero por dejarlo arrodillarse. Lo que no le dije es que, una vez en el piso, sería yo quien decidiera cuánto le iba a costar cada centímetro.
Pensé que solo iría a mirar cómo se rodaba la película más sucia de Europa. No me avisaron de las dos butacas, ni de la mujer que ocupaba la de al lado.
Tenía los pies hinchados por el partido y una sonrisa que lo sabía todo. Yo solo quería arrodillarme y demostrarle hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
En el juego del «yo nunca» conté mis fetiches sin pensarlo. Semanas después, él montó la escena perfecta para convertirme en la más patética de los dos.
Se maquilló, se ajustó la tanga de encaje bajo el short y bajó en el ascensor sabiendo exactamente lo que buscaba: que alguien la mirara como se mira a una presa.
Su culo ofrecido, el látigo aún sin estrenar en mi mano y ella suplicando que empezara. Pero el placer del amo es otro: hacerla esperar hasta que el miedo y el deseo se confundan.
Todas las tardes la veía pasear a su perra y me quedaba sin aire. La tarde que me invitó a subir a su piso, no imaginé hasta dónde llegaría aquello.