Busqué a un hombre que me pegara hasta romperme
Pulsé el timbre con las manos temblando. Veinte años mayor, sádico declarado, sin compasión. Y yo, virgen, suplicándole que empezara nada más cerrar la puerta.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Pulsé el timbre con las manos temblando. Veinte años mayor, sádico declarado, sin compasión. Y yo, virgen, suplicándole que empezara nada más cerrar la puerta.
Llevaba horas a oscuras, con los brazos por encima de la cabeza atados al perchero, esperando que sus tacones se acercaran y abriera la puerta del armario.
Cuando vi a Lucía aparecer en aquel diminuto bikini fucsia, supe que la mujer recatada con la que llevaba años casado había desaparecido antes de empezar.
La Polaroid colgaba de mi cuello cuando ella apareció bajo el umbral, descalza y sonriendo, custodiada por dos hombres que yo no conocía de nada.
Tres semanas sin saber de él y no aguanté más. Le escribí «holi» y su respuesta me recordó lo único que era para él: su puta obediente.
Cuando Irene entró al salón aún con el maletín en la mano, la chica llevaba dos horas arrodillada en el centro de la alfombra, esperándola sin mover un músculo.
Cuando Sofía entró al salón y encontró al prestamista atado y a su marido con la escopeta en la mano, supo que su mentira había llegado al final.
Cuando aceptamos bajar del coche, no sabía que mi blusa terminaría hecha jirones, las maletas en mis manos y el resto del fin de semana sin ropa interior.
Cuando desperté no recordaba cómo había llegado a esa cama. Estaba atada de pies y manos, y ella, vestida de cuero negro, me observaba desde el umbral.
Cuando mi ama abrió la puerta y olió el humo del salón, supe que esa tarde iba a probar la vara como nunca antes la había probado.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
Aquella noche descubrí que mi tía Catalina escondía algo bajo su apariencia de esposa modelo, y que yo iba a ser la primera en averiguarlo.
La cerradura me pesaba entre las piernas, el vestuario estaba vacío y él había llegado media hora antes. Lo que pasó después no estaba en el plan.
Si te viera con ese vestido verde, me acercaría gateando y te besaría los pies antes de pedir permiso para mucho más. Hoy desperté hambrienta de ti.
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.
Cuando subí al taxi rumbo a las afueras todavía podía echarme atrás. No lo hice, y horas después me arrepentiría con las muñecas atadas al cabecero de su cama.
Un bravucón que nunca aprendió a respetar. Ese día en el parque iba a recibir la lección que nunca olvidaría, de las mismas manos que había intentado humillar.
Quería jugar conmigo como si fuera una muñeca. Me vistió capa por capa, me puso la correa y dijo que eso era apenas el principio.
Perdí el último metro y empecé a caminar. No vi el coche negro hasta que ya era demasiado tarde y su voz en mi oído decía: quieta, no te muevas.