Mi novia me llamó mientras escribía un relato erótico
Eran las once cuando empezó a sonar el móvil. Su voz al otro lado, mis dedos sobre el teclado y una pantalla como única barrera entre las dos.
Historias reales contadas en primera persona
Eran las once cuando empezó a sonar el móvil. Su voz al otro lado, mis dedos sobre el teclado y una pantalla como única barrera entre las dos.
La cola del local olía a porro y a sudor. Mi compañera me apretaba la mano sin saber muy bien qué hacía allí. Yo solo pensaba en encontrarlo otra vez.
Cuando lo vi cantarle directamente a ella desde el escenario, supe que esa noche iba a terminar de una forma que ninguno habíamos planeado.
Cuando abrí la puerta y la vi con esa sonrisa, supe que iba a ser una noche distinta. Valeria nunca perdía el humor, sin importar lo que le pidiera.
Tenías el micrófono abierto y tus amigos al otro lado. Yo me arrodillé igual. No podías hacer nada más que aguantar en silencio.
Me quedé parada frente a la puerta sin abrirla. Entonces oí sus pasos. Lo que pasó después duró más de lo que habría imaginado.
Tenía quince años cuando abrí el cajón de mamá. Lo que encontré dentro no era solo lencería: era la primera pista de quién era en realidad.
La primera vez que vi a Valeria con otro hombre, estaba al otro lado de un cristal. Debería haber sentido rabia. Solo sentí que no podía apartar los ojos.
Cuando colgué el teléfono supe que el viernes no iba a quedarme en la papelería. Su voz traía la misma promesa de la primera vez, pero más segura.
Su voz me derritió antes de que sus manos me tocaran. Nunca pensé que un desconocido en un spa me haría sentir tan expuesta y tan libre al mismo tiempo.
Cuando llegó su mensaje al celular, llevaba horas ardiendo de deseo. Me puse la lencería, los tacones y esperé. Esa noche no iba a dormir sola.
A los treinta y nueve años había aprendido a medir el tiempo en canciones. La noche del becario sumó una nueva, y aún me devuelve a sus manos al primer acorde.
Había tomado la decisión de dejarlo, pero cuando abrió la puerta y me miró así, supe que esa noche no iba a ser fácil.
Llevaba semanas dándole vueltas a la idea de invitar a otro hombre a nuestra cama. Aquella noche, mientras la besaba despacio, por fin le susurré al oído lo que tanto callaba.
Bajé a ayudarlo vestida con lo que tenía puesto. No había calculado lo que pasaría cuando me senté a su lado en ese cuarto.
Clara jugó con la llave entre sus dedos y me miró desde el sofá. Yo sabía lo que venía. Y lo peor era que una parte de mí lo deseaba.
Todo empezó la noche en que descubrí que mi madre llevaba meses acostándose con el hombre del que yo estaba enamorada.
Llevaba una semana entera contando las horas. Cuando lo vi cruzar las puertas del aeropuerto, supe que esa noche no iba a ser como las demás.
Dos copas de vino, su pregunta inesperada y yo contándole mi primera vez con otro hombre mientras él me escuchaba con una atención que pronto se convirtió en algo más.
Cuando ella entró desnuda al agua caliente y me miró sin pudor, supe que esa noche en Tokio no tenía nada que ver con la reunión del día siguiente.