Confieso que no puedo olvidar a la chica del chupete
Llegó con su mochila al hombro y se encerró en el baño. Cuando salió, la sonrisa ya prometía que esa noche iba a desordenarme la vida entera.
Historias reales contadas en primera persona
Llegó con su mochila al hombro y se encerró en el baño. Cuando salió, la sonrisa ya prometía que esa noche iba a desordenarme la vida entera.
Siete de la mañana y el deseo ya estaba ahí. A lo largo del día se coló en la ducha, en el supermercado, en el sofá con él. Un fuego que intentaba apagar y que volvía solo.
A las tres de la madrugada salí al parque con el camisón más corto que tenía. Sin nada debajo. Lo que pasó después fue algo que no olvidaré.
Tomó otro sorbo de vino, me miró con esa sonrisa que anuncia confesión, y arrancó a contarme lo que realmente pasó esa noche en la casa alquilada.
El sobre llegó al plató una noche de martes. Papel grueso, mi nombre escrito a mano, una oferta que no debería haberme tentado tanto como lo hizo.
La puerta se cerró tras ella con un clic que sentí en el pecho. No había nadie más en la sala, solo nosotros, los libros y todo lo que llevábamos meses fingiendo no desear.
Nunca había visto a mi madre lanzar un golpe. Cuando entré a la cochera, la encontré en topless dándose puñetazos con mi tía y un muro que no debía caerse cayó.
Pensé que sería un café y una firma. Terminé desnudo en un baño termal con una desconocida que conocía mi nombre antes de que yo conociera el suyo.
Entró al cuarto, vio el lazo de regalo atado a esa polla negra que salía del agujero, y me miró como si no supiera si besarme o denunciarme.
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos esa noche, y supe por su sonrisa que iba a usarla delante de todas. Yo solo podía tragar saliva y rezar.
Solo quedaba una habitación libre en aquel motel y mi tía dormía a mi lado. Esa noche, escuchando a través de la pared, dejé de mirarla como antes.
Crucé las piernas, desabroché tres botones y le sostuve la mirada en el retrovisor. Faltaba media hora de trayecto, y yo ya sabía que no íbamos a llegar derechos al hotel.
Esa noche, con la luz baja y su cuerpo pegado al mío, me animé a contarle la fantasía que llevaba meses guardando. Lo que vino después no estaba en mi cabeza.
El domingo por la noche, solo y con ganas, decidí saltarme mi colección de fotos y dejarme llevar por el recuerdo de la mujer que más me excitó.
Bajé por una salida cualquiera y me metí entre los eucaliptos, su mano todavía debajo de mi falda. Lo que vino después, con un desconocido pasando muy cerca, sigue volviendo a mi cabeza.
Cuando bajó del avión y me estrechó entre sus brazos, supe que no iba a dejar que nada —ni siquiera el calendario— nos detuviera esa noche.
La lluvia golpeaba los cristales cuando Rodrigo abrió los ojos con esa expresión de quien acaba de descubrir algo que no puede explicar con palabras.
Había algo en ese hombre que dormía bajo el puente que me tenía pensando hace semanas. Volví esa noche sin saber bien qué esperaba encontrar.
Tres activos, un cubículo y yo boca arriba con las piernas en alto. La mejor noche de mi vida en la sauna.
Cuando entré en ese garaje sin avisar, encontré a dos mujeres con las manos vendadas, los pechos al aire y la rabia de años acumulada entre ellas.