Cómo mi mejor clienta terminó siendo mi mayor secreto
Pasamos de clienta y prostituto a algo que no tenía nombre. En esas vacaciones en la playa, ella rompió los tabúes que había cargado toda la vida.
Historias reales contadas en primera persona
Pasamos de clienta y prostituto a algo que no tenía nombre. En esas vacaciones en la playa, ella rompió los tabúes que había cargado toda la vida.
Llevaba dos horas en su salón respondiendo preguntas como si fuera una entrevista de trabajo. En cierta forma, lo era.
Me tocó dormir en el suelo de mi propio cuarto. Mi hermana y su marido estaban en la cama. Llevábamos meses esperando el momento. Esa noche fue el momento.
Llevaba semanas sin respirar por culpa del trabajo. Esa noche quise celebrar solo. Entré en el primer bar que vi y salí siendo otro.
Salimos seis al bar de Rosa. A las tres de la mañana seguíamos los mismos seis en casa de Valeria, pero ya nadie tenía ropa puesta.
Llevaba un vestido ajustado de mi compañera cuando un taxista frenó para pedirme servicio. Nunca imaginé que iba a disfrutarlo tanto.
Remiseros que llegaban como activos y terminaban pidiéndome que los penetrara. Empleados que besaban como locos. Cada oficio era un mundo distinto.
Eran primos, se veían poco, y esa noche estaban solos en el salón mientras todos dormían. No debía pasar nada. Casi no pasó.
Tenía cuarenta y seis años, mujer, amantes y una vida perfectamente ordenada. Entonces lo vi salir del baño y no pude apartar los ojos. Eso fue el principio.
Las chicas del equipo se habían ido a conocer la ciudad. Yo estaba sola en la habitación cuando llamaron a la puerta. Era él, con esa sonrisa que me ponía nerviosa desde el primer miércoles.
Sola en el baño, con la lluvia afuera y el departamento vacío, encontré por primera vez algo que llevaba meses buscando sin saber cómo buscarlo.
Habíamos planeado el sábado, pero ella llamó el viernes: ven hoy, estoy ansiosa. Cuando abrió la puerta, ya no pude seguir fingiendo que esto no era serio.
La primera vez que me puse un par de tacones ajenos supe que esa imagen en el espejo era la versión más honesta de mí misma. Tardé años en aceptarlo.
Reconocí el apellido en cuanto lo dijo. Dos años atrás había estado con su tía, y ahora ella me miraba con esos mismos ojos oscuros y esa boca pequeña.
Me habían abandonado hacía tres semanas. Esa noche entré al bar sin ganas de nada y salí con la certeza de que no sabía nada sobre el placer.
Había filtrado decenas de perfiles hasta llegar a Marcos. Todo lo que pedía, y la paciencia que nunca sobra. Pero alguien siempre llega demasiado pronto.
Fui a arreglarle el lavarropas con una tanga roja debajo del pantalón. Solo tenía que encontrar el momento para que la notara. Él no dijo nada, pero se quedó a mirar.
Mis amigas tardaban y él apareció sin que yo lo llamara. En diez minutos ya sabíamos los dos adónde íbamos a terminar.
Cuando abrió la puerta no llevaba maquillaje y su mirada tenía algo de melancolía que me llegó al pecho antes de que intercambiáramos una sola palabra.
Cuarenta y siete años siendo un hombre de mujeres. Hasta aquella noche en Mendoza, cuando Andrés cerró la puerta de mi suite y encendió un cigarrillo.