El roleplay que mi joven amante me ordenó cumplir
Cuando me ordenó vestirme de profesora y esperarlo a las diez en punto, supe que mi cuerpo respondería antes que mi conciencia.
Historias reales contadas en primera persona
Cuando me ordenó vestirme de profesora y esperarlo a las diez en punto, supe que mi cuerpo respondería antes que mi conciencia.
Lo conocí solo por mensajes. Cuando entré al hotel y todo el personal me miró, pensé que daba igual lo que pensaran: yo iba por todo y nada me iba a parar.
Cuando vio lo que asomaba por aquel agujero en la pared, supe que ya no había vuelta atrás. Mi regalo de aniversario nos llevaría más lejos de lo que jamás imaginamos.
Entré pidiendo una depilación. Salí con las piernas temblando y el cuerpo marcado por unas manos que conocían cada milímetro de mi piel mejor que yo misma.
Subí las escaleras de su edificio con el tanga ya empapado. No me imaginaba que ese desconocido iba a partirme en dos antes de la medianoche.
Tres días en París, cuatro hombres muertos en sus camas y un mensaje anónimo me citaba sobre el Sena. No imaginé que cruzar ese puente significaba dejar de ser quien era.
Llevábamos apenas dos cervezas cuando Valeria se quitó las sandalias y me dijo que había que ponerle remedio a que hacía años que no pisaba la arena. Esa noche aprendí muchas cosas.
Esa madrugada, con la luz tenue de la lamparita, decidí contarle a Lucía la fantasía que llevaba meses guardando solo para mí.
No me atraen los hombres, me atraen las pollas. Por eso engaño a mi novia con dos amantes que ella nunca podrá imaginar, y cada semana me cuesta más volver a casa con ella.
Tres meses después de dejarlo, la vi besándose con otro en aquel bar. Esa misma noche entré en uno de ambiente y empecé a hundirme sin saber hasta dónde llegaría.
Vino dos horas antes de su vuelo, dejó la maleta en el pasillo y, antes de que pudiera reaccionar, se quitó la sudadera frente a mí.
La chimenea ardía, la lluvia golpeaba los cristales y los dos me miraban con esa mezcla de curiosidad y vértigo que aparece justo antes de cruzar una línea.
Aquella tarde entró en el bar como si llevara horas esperándome. Lo que vino después fue lo que me cambió, no el sexo: lo que me hicieron descubrir.
Cuando lo vi entrar al bar con sus dos amigos, supe que esa noche no iba a volver a casa siendo la misma mujer. Y no me equivoqué.
Cuando ella le ajustó la postura por tercera vez y sintió la presión bajo los shorts, decidió que esa mañana la sesión iba a ser muy distinta a las anteriores.
Cuando vi a Yésica subir las escaleras detrás de él esa primera noche, supe que ninguna de las que servíamos copas en aquella parada iba a salir igual del verano.
Cuando entraron al boliche, Camila y Florencia querían pasarla bien. No sabían que esa noche terminaría con una apuesta que las dejaría sin nada que cubrir.
Llevaba semanas sintiendo cómo se demoraba en abrazarme y cómo me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta. Esa madrugada decidí dejar de fingir.
Le había comprado un perfume y un colgante para despedirla. Ella me trajo otra cosa. Yo tenía 18 años y no había tocado a nadie en la vida.
Llevaba tres días en Cartagena pagando por encuentros que terminaban con la misma sorpresa, hasta que ella entró al bar y todo cambió de golpe.