La llamada que no debí hacer aquella mañana
Llevaba tres días sin dormir bien, repitiendo en mi cabeza cada detalle de aquella noche con él. Esa mañana, con el café enfriándose, descolgué el teléfono.
Historias reales contadas en primera persona
Llevaba tres días sin dormir bien, repitiendo en mi cabeza cada detalle de aquella noche con él. Esa mañana, con el café enfriándose, descolgué el teléfono.
Solo iba a probarme unos vaqueros. Ella estaba al otro lado de la cortina, con una sonrisa que no era la que se le pone a un cliente cualquiera.
Era la última fila del cine de verano. Cuando el chico de al lado levantó un pico de la chaquetilla, supe que mi cuerpo de diecinueve años ya había decidido por mí.
Faltaban tres horas para llegar y el señor del asiento de al lado ya había sacado una manta del bolso. Me dijo que tenía frío. Yo no tenía nada de frío.
Mi vida sexual y mi vida universitaria nunca se mezclaron. Hasta que una compañera contó lo que su novio escondía debajo del short, y no pude resistirme.
Cuando giró la cabeza en la cumbre, supe que era ella. La chica de aquella fiesta. Siete años después, su mirada todavía me reclamaba lo que nunca terminé.
Cuando me empujó detrás de los setos sin decir nada, supe que esa noche no iba a contarse en sobremesa. Y todavía faltaba lo peor —o lo mejor, según quién pregunte.
Subió tres pisos hasta una puerta sin cartel pensando que sabía qué venía a hacer. Lo que descubrió en esa sala no estaba en ningún anuncio.
Cuando me senté a horcajadas sobre él y empecé a hablar, supe que esta vez iba a contárselo todo: lo que hice aquel verano con un hombre al que ya no recuerdo el nombre.
Cada vez que lo tengo entre mis manos, me pide la misma historia: la del hombre que vino antes que él. Le doy detalles porque sé que lo enciende.
Después de un par de copas, me pidió detalles de mi primera vez. No imaginé que escuchar a otro hombre dentro de mí lo pondría más duro que cualquier caricia.
Pensé que era apuesta segura. Diego juraba que ningún cuerpo de mujer lo encendía. La cerveza estaba abierta cuando entendí que esa tarde no iba a haber farol.
Eran las dos de la tarde, ellos en ropa interior, yo en shorts. La resaca pesaba menos que mi calentura acumulada. Y entonces propuse algo que llevaba meses pensando.
Lo vi solo dos filas más abajo y, antes de levantarme del asiento, ya sabía que esa noche íbamos a llevárnoslo al baño con nosotros.
Tenía treinta y dos años y todavía no me había permitido pensar en otra mujer sin sentir vergüenza. Esa noche apagué la luz, respiré hondo y dejé de huir.
Estoy sola en mi cuarto con la luz encendida, escribiéndote esto con una mano mientras la otra recorre todo lo que tú no estás aquí para tocar.
Empezó como una noche cualquiera frente a la pantalla, pero cuando pulsé enviar a aquel mensaje, supe que ya no había marcha atrás.
Llevaba años apagada por un dolor profundo, hasta que esa voz grave llenó el salón y vi cómo sus ojos volvían a brillar como cuando la conocí.
El director me miró sin pudor: «Quítate el vestido, quiero verte en lencería». Dudé un segundo, pero la beca se acababa y necesitaba el dinero.
Son las cuatro de la tarde, llevo todo el día empapada y no he podido pensar en otra cosa. Abro el portátil desnuda en la cama y empiezo a teclear, porque alguien tiene que saberlo.