Lo que pasó en el pinar ese día no debería contarlo
Sandra nunca me había sorprendido de esa manera. Pero esa tarde en el pinar, con Lucía y Marcos a pocos metros, decidió que era el momento.
Historias reales contadas en primera persona
Sandra nunca me había sorprendido de esa manera. Pero esa tarde en el pinar, con Lucía y Marcos a pocos metros, decidió que era el momento.
Me dijo que reservara el sábado. Sin detalles. Cuando llegué a su departamento y vi el traje de látex sobre la cama, entendí que la noche sería diferente.
Crucé las piernas para distraerlo sin saber que dos días después iba a estar de rodillas entre sus libros, mientras los demás chicos salían del instituto sin sospechar una sola cosa.
Llevaba siete días esperándolo. Cuando bajó del avión, mi cuerpo gritaba algo que él aún no sabía: estaba con la regla y, esa noche, no me importaba en absoluto.
Me dije que solo pasaba cerca del parque por el camino más corto. Pero cuando sus ojos me siguieron y su mano rozó mi cadera, ya no pude seguir mintiendo.
Sabía que estaba mal, pero cada mensaje suyo me dejaba más mojada. El sábado que mis padres salieron, le abrí la puerta sin sostén.
Acostada y sola en la cama, repaso aquella tarde en que me arrodillé detrás de su silla mientras él jugaba con el micrófono abierto y sus amigos.
Estábamos en su cuarto con vino cuando soltó la carcajada. «Nunca te conté todo lo de Búzios.» Supe que lo que venía iba a sacudirme.
Cuando entré aquella tarde a la sala vacía del club, ya sabía que no íbamos a hablar de libros. Lo que no sabía era cuánto tiempo llevaba esperando esto, ni cuánto me iba a perder.
Tenía el cursor parpadeando y él asomado a la puerta con esa pregunta que nunca sé cómo negarme. Esa tarde no fue un rapidito.
Los dos llevaban anillo de casados y veinte años haciendo lo mismo en los viajes de trabajo. Todo cambió el día que pararon en esa playa.
El piso lo compartían bien. Pero cuando Camila propuso compartir también a su novio, ninguna calculó hacia dónde las llevaría el experimento.
Eran las once cuando empezó a sonar el móvil. Su voz al otro lado, mis dedos sobre el teclado y una pantalla como única barrera entre las dos.
La cola del local olía a porro y a sudor. Mi compañera me apretaba la mano sin saber muy bien qué hacía allí. Yo solo pensaba en encontrarlo otra vez.
Cuando lo vi cantarle directamente a ella desde el escenario, supe que esa noche iba a terminar de una forma que ninguno habíamos planeado.
Cuando abrí la puerta y la vi con esa sonrisa, supe que iba a ser una noche distinta. Valeria nunca perdía el humor, sin importar lo que le pidiera.
Tenías el micrófono abierto y tus amigos al otro lado. Yo me arrodillé igual. No podías hacer nada más que aguantar en silencio.
Me quedé parada frente a la puerta sin abrirla. Entonces oí sus pasos. Lo que pasó después duró más de lo que habría imaginado.
Tenía quince años cuando abrí el cajón de mamá. Lo que encontré dentro no era solo lencería: era la primera pista de quién era en realidad.
La primera vez que vi a Valeria con otro hombre, estaba al otro lado de un cristal. Debería haber sentido rabia. Solo sentí que no podía apartar los ojos.