El masaje que jamás le conté a mi mujer
Andrés sabía exactamente lo que hacía con sus manos. Yo llegué con dolor de espalda y salí con algo que no tenía nombre, algo que todavía pienso cuando me duermo.
Andrés sabía exactamente lo que hacía con sus manos. Yo llegué con dolor de espalda y salí con algo que no tenía nombre, algo que todavía pienso cuando me duermo.
Sandra se quitó la tanga en el baño del bar y me la puso en la mano. Húmeda, caliente. Supe entonces que no habría vuelta atrás.
Llevaba meses aparcando en el fondo, lejos de las cámaras, diciéndose que era solo por comodidad. Su cuerpo sabía la verdad antes que ella.
Cuando la fiesta terminó, lo tomé de la mano y lo llevé hacia las sombras. Esa noche era mía, y él lo supo desde el primer segundo.
Llevaba tiempo queriendo hacerlo: elegir a un hombre en algún lugar público y llevármelo a la cama. Esa tarde en el café, por fin me animé.
Cuando pulsé su timbre con el perro a mi lado, no imaginé que esa extraña de mirada esquiva me haría subir hasta su habitación esa misma tarde.
La vi aparecer al fondo de la calle y ya supe que esa noche no sería como las otras. Ella no había venido a charlar.
Me dijeron que el cliente era especial. No me dijeron que era el hombre más temido de la ciudad. Ni que en cuanto lo até, empezaría a romperse de verdad.
Cuando ayudamos a Rodrigo a acostarse y Andrés se quedó detrás de mí, supe que aquella noche no iba a terminar como debía.
Llevaba un cuaderno de versos bajo el brazo y sonrió como si supiera lo que estaba pensando. No debería haber vuelto sobre mis pasos. Pero lo hice.
Pedí agua con gas y él entendió todo. Quería cada caricia, cada mirada ajena, estar completamente lúcida para no perderme ni un instante.
Marcos era voyeur y llevaba años queriendo verla con otro hombre. La tarde que lo intentaron por primera vez, dos desconocidos en un restaurante cambiaron todo.
Caminé sola por calles oscuras, con la rabia de quien acaba de ver a su novio con otra. No buscaba nada. Y aun así, algo encontré.
La app en el móvil oculto decía tres hombres, un hotel, sin romanticismo. Solo tenía que escribir «sí». Lo hice antes de pensarlo dos veces.
Daniela me pidió que la llevara a su colonia. Al llegar, dos vecinos tomaban cervezas afuera. Uno tenía un secreto que mi amiga ya sospechaba. Yo decidí comprobarlo.
Volvió del trote al atardecer y la encontró en las dunas. No estaba sola. Nunca lo había estado.
Cuando vi las luces de esa camioneta parpadeando en el estacionamiento, supe que el desayuno familiar iba a esperar.
Me puse la ropa de Camila como una broma. Terminé en el departamento de un desconocido, sin saber cómo había llegado hasta ahí ni qué iba a pasar.
Nunca pagué por sexo, o eso creía. Esa noche en el solar abandonado aprendí que el deseo no pregunta antes de actuar.
Cuando Roberto señaló que yo era el marido, el señor Kanamoto sonrió por primera vez. Entendí entonces que mi papel esa tarde no iba a ser el de esposo.