La noche que caminé desnuda por toda la ciudad
Era la noche más lejos que había llegado sola y sin una prenda. Perros, hombres, motos y el parque principal: todo lo vi desde la piel desnuda.
Era la noche más lejos que había llegado sola y sin una prenda. Perros, hombres, motos y el parque principal: todo lo vi desde la piel desnuda.
Fue cuando me pidió que le desabrochara el vestido. Solo eso. Después cerré la puerta con pestillo y todo cambió.
Nunca había estado con una chica trans. Encontré su anuncio en un portal, llamé sin saber qué esperar, y el sábado subí tres pisos hacia algo sin nombre.
Éramos tres y los tres queríamos lo mismo: ser follados bien. La solución fue llamar a un chapero colombiano que tardó veinte minutos en llegar.
Tardó demasiado en volver del baño. Cuando entré a buscarla, entendí todo: no había estado sola ni un momento desde que cruzó esa puerta.
Tres días sola en la playa, un hostel con literas y la excitación acumulada de todo el día. Me metí en la cama creyendo que estaba sola. No lo estaba.
No supe si lo que sentí fue celos o excitación. Probablemente las dos cosas a la vez, y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
Casado, con lencería femenina bajo el pantalón, llegué una noche a esa esquina oscura donde hombres esperaban en la sombra. Y todo cambió.
Cuando apuntó la cámara por primera vez, se dijo que era la última. Seis semanas después, aún seguía grabando. Y Laura seguía sonriendo desde el otro lado del objetivo.
Caminaba sola bajo la lluvia con ropa pegada al cuerpo cuando él me vio desde la obra. Ninguno de los dos dijo mucho. No hizo falta.
Cuando su mano rozó mi muslo por segunda vez ya no fue accidente. Las burbujas del spa lo ocultaban todo y ella lo sabía perfectamente.
Carlos me miraba desde la otra mesa con esa sonrisa de hombre que cree saber lo que quiere. No tenía idea de lo que estaba por descubrir.
Nunca había estado con una mujer. Cuando abrí la puerta y la vi ahí parada, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Nunca pensé que depilarme iba a cambiar algo. Pero cuando él me pasó la cera por los glúteos y me pidió que me pusiera en cuatro, algo en mí se encendió.
Se presentó con tacones rojos, mallas de cuero y sin ropa interior. Desde el primer momento supe que esa mañana con mi suegra iba a ser diferente.
Me acosté boca abajo, dejé la puerta abierta y esperé. No tardaron en llegar. Lo que pasó durante la siguiente hora superó cualquier viernes anterior.
Sus dedos subieron despacio por mis muslos. Supe entonces que ese masaje iba a ser algo completamente diferente a lo que había pedido.
Llevábamos minutos caminando cuando empecé a reconocer las calles. Cuando él abrió esa puerta, supe que ya había estado allí, aunque nunca imaginé en qué circunstancias.
Cuando el extraño del asiento de al lado empezó a mirar sus piernas, ella no cerró las rodillas. Yo tampoco hice nada para detenerlo.
Salir con tanga y corpiño bajo las calzas era mi ritual secreto. No esperaba que alguien se animara a seguirme. Ni que yo quisiera tanto que lo hiciera.